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Capítulo 181:
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El enfrentamiento en el pasillo duró diez segundos, pero pareció una hora. Emily observaba desde la puerta de la cocina, ansiosa pero en silencio, sabiendo que se trataba de una tormenta que no podía detener.
Vesper lo miró con ira, con la barbilla levantada en señal de desafío, pero su cuerpo la traicionaba. Le palpitaba la pierna con un dolor profundo, que le llegaba hasta los huesos, y que los analgésicos de venta libre no lograban aliviar. La hinchazón había empeorado desde la sesión de gimnasio.
«No voy a ir a ningún sitio contigo», dijo Vesper, intentando rodearlo para llegar a su habitación.
Calculó mal la fricción de la punta de goma de la muleta sobre el suelo mojado, donde Damon había dejado caer gotas de lluvia y sangre.
La muleta resbaló.
Vesper jadeó cuando la gravedad se impuso. Se agitó, preparándose para el impacto, para la agonía en la pierna.
Pero eso nunca llegó.
Damon se movió más rápido de lo que cabría esperar de un hombre de su corpulencia. La atrapó antes de que tocara el suelo. Le rodeó la cintura con un brazo, apretándola contra su pecho firme. Con la otra mano le sujetó el hombro, estabilizándola.
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Durante un segundo, se quedaron inmóviles. Vesper podía olerlo: lluvia, lana cara, sangre con aroma a cobre y ese aroma subyacente a sándalo que antes la hacía sentir segura. Ahora, solo le daba ganas de llorar.
—¡Suéltame! —gritó ella, empujándole el pecho.
—Apenas puedes caminar —gruñó Damon. Su voz le vibraba por todo el cuerpo—. La adrenalina se ha esfumado, Vesper. Estás sufriendo.
«¡Estoy bien!»
«¡No estás bien!», espetó Damon. No la soltó. En cambio, cambió la forma en que la sujetaba. Se agachó y la cogió en brazos, al estilo de una novia.
Vesper gritó: «¡Bájame! ¡Damon! ¡Emily, llama a la policía!».
Emily dio un paso adelante, pero Damon le lanzó una mirada —no amenazante, sino suplicante—. «Me la llevo al Mount Sinai. Necesita una resonancia magnética».
Hizo caso omiso de las protestas de Vesper. Abrió de una patada la puerta del piso y salió al pasillo.
«¡Me estás secuestrando!», gritó Vesper, golpeándole el hombro con el puño. «¡Otra vez! ¡Esto es igual que con Julian!».
Damon se detuvo en el rellano. Bajó la mirada hacia ella. Sus ojos eran oscuros, en los que se arremolinaba una tormenta de emociones que ella no lograba descifrar.
«No me parezco en nada a Julian», dijo con voz grave y peligrosa. «Julian te encerró para hacerte daño. Yo te llevo para curarte. Y si te resistes, te llevaré a rastras, pataleando y gritando, por toda la ciudad. ¿Quieres que haya público?».
Vesper se quedó paralizada. Miró hacia la puerta del vecino, que se entreabría.
Apretó los dientes. «Te odio».
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