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Capítulo 40: (FIN)
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La recuperación fue lenta. La mano necesitó ocho semanas de yeso y otras seis de terapia física. La herida del hígado sanó más rápido pero dejó una cicatriz que le jalaba al girar, un recordatorio permanente que recorría diez centímetros a lo largo de su costado derecho y se ponía blanca con el frío.
Grant regresó al trabajo después de un mes, en contra de las recomendaciones del cirujano, porque la empresa lo necesitaba y porque quedarse sentado solo en la villa sin nada que hacer más que pensar era una forma de castigo que ya no podía tolerar. Trabajaba por las mañanas. Pasaba las tardes en videollamadas con Nell.
Ella llamaba todos los días a las cuatro en punto, hora de Carrow. Las llamadas duraban entre diez minutos y una hora, dependiendo de si Nell tenía novedades. Generalmente tenía novedades. Al Sr. Hops se le había sumado un segundo conejo llamado Dr. Bigotes. La señora Owens había cambiado los aretes de lápiz por unos de libritos. La niña que compartía sus galletas se había convertido en su mejor amiga, se llamaba Lila, y Lila tenía un perro que se llamaba Sopa.
Grant escuchaba todo. Hacía preguntas de seguimiento. Se aprendía los nombres —Lila, Sopa, Dr. Bigotes, la señora Owens— y preguntaba por ellos en las siguientes llamadas, y Nell lo notaba, y que lo notara importaba más de lo que él jamás sabría.
“Papi, ya le espanté otro hombre a mami.” Reportó esto una tarde con el aire satisfecho de una agente secreta completando una misión. “El gerente Beckett la invitó un café y le dije que estaba ocupada.”
“Nell, eres una genio.”
“Ya sé. Pero tú tienes que echarle más ganas. No puedo hacer todo yo sola.”
“Voy a ir a Carrow la próxima semana. Por trabajo.”
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“¿De verdad?” Su cara llenó la pantalla, toda ojos. “¿Qué me vas a llevar?”
“¿Qué quieres?”
“Nada más a ti, papi.”
Grant cerró la laptop y se quedó sentado en su escritorio un rato. Tenía la garganta apretada. Se presionó el pulgar contra el costado, donde estaba la cicatriz, y sintió el jalón.
En Carrow, Darcy pasó por la puerta de la recámara de Nell y escuchó el final de la conversación. Se quedó parada en el pasillo y escuchó a su hija decir nada más a ti, papi, y algo se movió en su pecho que había estado sosteniendo en su lugar por mucho tiempo.
No lo examinó. Se fue a la cocina y preparó té.
El día que Grant llegó, Darcy no lo sabía.
Recogió a Nell de la escuela y manejó a casa entre el tráfico de siempre, pensando en la presentación que tenía para el viernes y en la fuga de la llave del baño que seguía olvidando mandar arreglar. Nell parloteaba desde el asiento trasero sobre el perro de Lila y un proyecto de ciencias con volcanes de bicarbonato.
Darcy abrió la puerta del departamento y se detuvo.
La sala estaba llena de globos. No los arcos profesionales de la conferencia ni las decoraciones caras de hotel —eran globos normales, de los que compras en la tienda de la esquina, inflados a boca, amarrados con listón rizado de colores que no combinaban. Algunos estaban chuecos. Algunos ya habían empezado a bajar hacia el piso. Cada uno tenía una tarjetita pegada: “Darcy, te amo.” La letra era de Grant —reconoció los ángulos filosos, las t cruzadas con impaciencia.
Flores en la barra de la cocina. Más cajas de regalo de las que el departamento pequeño podía albergar cómodamente. Y en el sofá, recargado contra un cojín, un oso de peluche. No uno gigante. Uno mediano, café, con un moño chueco.
Lo levantó. Era del mismo tamaño que el Señor Botones. Mismo moño. Diferente oso —más nuevo, el peluche todavía suave, los ojos todavía brillantes. Un reemplazo, o un compañero. No estaba segura de cuál.
Grant salió de la cocina usando el mandil de flores.
Lo había traído de la villa. La mancha de grasa seguía en el bolsillo. Cargaba dos platos y los puso en la mesa con la concentración cuidadosa de alguien que ha practicado esta secuencia exacta de movimientos varias veces y todavía no confía en sí mismo.
“Ya llegaron. Lávense las manos y a comer.”
“¡Papi! ¡Bien hecho!” Nell le levantó el pulgar y jaló a Darcy adentro de la mano. “Yo le dije qué cocinar, mami. Le dije todo lo que te gusta.”
Darcy miró la mesa. Nada de sopa de pescado. Nada de mariscos de ningún tipo. En cambio: cerdo agridulce (su favorito desde la universidad), verduras salteadas con ajo (inteligencia de Nell, supuso), y una sopa de huevo con jitomate que ella había hecho para sí misma cien veces pero que nunca había hecho para nadie más. Era el tipo de comida que requiere conocer a alguien, no impresionarlo.
“¿Cómo supis—?”
“Nell me ayudó.” Grant se rascó la nuca. El gesto era tan distinto al Grant con el que se había casado que casi no lo reconoció —apenado, inseguro, un hombre parado en la cocina de alguien más esperando no haberse pasado de la raya. “Vine sin avisar. Espero que esté bien.”
Darcy miró a Nell, que vibraba con una conspiración mal disimulada.
“Está bien. Aunque este tipo de romanticismo es para gente joven. Yo no lo necesito.”
“¡Quién dice! ¡Mami, tú también eres joven!” Nell la empujó hacia la mesa.
Se sentaron. Darcy y Nell de un lado, Grant frente a ellas. Acercó los platillos hacia Darcy. “Estos son todos tus favoritos. Nell los verificó.”
“Verificó es una palabra grande.”
“Ella me la enseñó.” Grant sonrió. Nell asintió solemnemente.
Comieron. Estaba bueno. No perfecto —el cerdo estaba un poco pasado de cocción, las verduras les faltaba sal— pero estaba bueno, y estaba correcto, y Darcy se comió cada bocado mientras Grant la observaba con una expresión que se estaba esforzando tanto por no ser esperanzada que se convirtió, contra su voluntad, en algo entrañable.
Debajo de la mesa, Nell le dio una patada en la espinilla a Grant.
Él hizo una mueca. La miró. Ella abrió mucho los ojos e hizo un gesto diminuto con la cabeza: ahora.
Grant dejó los palillos. Se puso de pie. Caminó alrededor de la mesa hasta el lado de Darcy y se quedó ahí, torpe y demasiado grande en la cocinita del departamento, y dijo lo que había venido a decir.
“Darcy, te amo. Sé que eso no es suficiente. Sé que no puedes simplemente dejar el pasado atrás porque me aparezca con globos y cocine la cena.” Hizo una pausa. “No te estoy pidiendo que me perdones ahora. Te estoy pidiendo que me dejes quedarme cerca. Cuidarlas a ti y a Nell. Seguir intentando, el tiempo que haga falta.”
No se arrodilló. Se quedó ahí, pies plantados, manos a los costados —una todavía con cicatriz y rígida por la piedra— y esperó.
Nell miró a Darcy. Tenía los labios apretados, los ojos enormes, todo el cuerpo inclinado hacia su madre con la urgencia apenas contenida de alguien viendo los últimos segundos de un partido muy reñido.
“Mami…”
Darcy dejó los palillos. Miró a Grant por un largo rato —la cicatriz que sabía estaba debajo de su camisa, la mano que se rompió para salvarlas, al hombre que pasó cinco años tratándola como invisible y un año intentando volverse visible otra vez.
Levantó la mano y le enderezó el cuello de la camisa, que estaba chueco.
“Grant, creo que vas a ser un buen padre.”
“Y en cuanto a ser un buen esposo—” Alisó la tela. Sus dedos se quedaron un momento más del necesario. “Ya veremos.”
No era un sí. No era una puerta abierta de par en par. Era una puerta desbloqueada —el cerrojo girado, la cadena todavía puesta, la luz de adentro cayendo en una franja delgada sobre el umbral.
A Grant se le cortó la respiración. “¿Me vas a dar una oportunidad?”
“Dije ya veremos. Eso es diferente a una oportunidad.” Pero la comisura de su boca se movió, y Nell lo vio, y Grant lo vio, y los dos sabían.
“La tomo.”
“Más te vale.”
Nell los miró a los dos. Luego levantó sus palillos y siguió comiendo, fuerte y deliberadamente, como para darles privacidad llenando la habitación con los sonidos de una niña de siete años que tiene, por primera vez en su vida, a los dos padres en la mesa.
Afuera de la ventana del departamento, las plantas del casero escurrieron su agua de las seis frente al vidrio de la cocina, y Nell había tenido razón todo el tiempo: sí sonaba como una cascada.
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Fin.
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Nota de Tac-K: Tengan un muy agradable día viernes amadas personitas, hoy tenemos dos nuevos estrenos. Dios les ama y Tac-k les quiere mucho. (─‿‿O)
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