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Capítulo 898:
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Hadley parpadeó, sorprendida por su insistencia, y luego suspiró suavemente. «Denver, hay muchas mujeres buenas ahí fuera. No te obsesiones conmigo. Mira a tu alrededor».
Él soltó una risa baja y amarga. «Pero solo hay una como tú».
El peso de esa tristeza aplastó el aire entre ellos.
Hadley lo miró, incapaz de encontrar palabras que no le hicieran daño. Se quedaron en silencio hasta que el camarero llegó con la comida. Ninguno de los dos habló mientras comían.
Cuando salieron, había empezado a nevar, cubriendo la acera de blanco.
Denver fue a buscar el coche mientras Hadley oteaba la calle. No había rastro del vehículo de Eric.
Ella exhaló un suave suspiro. Era lo mejor.
Denver la llevó de vuelta a Millland Road. Cuando el coche se detuvo frente a su edificio, Hadley se volvió hacia él.
—Esto es un adiós —dijo con firmeza—. No vuelvas a buscarme. No volveré a verte.
Si dejaba que esto continuara, solo le haría más daño.
—Por favor, Denver. Cuídate. No dejes que esto te destruya… o nunca me lo perdonaré.
Se culpaba a sí misma por haberle dejado acercarse, por haber considerado brevemente la idea de dejarle entrar.
Su relación había terminado demasiado pronto y él seguía atrapado en el pasado…
—Hadley.
Cuando ella salió del coche, Denver la llamó, con los ojos llenos de desesperación, como si intentara grabar ese momento en su memoria.
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«Respetaré tu decisión. No volveré a molestarte…», murmuró.
Hadley sintió una leve sorpresa recorrer su cuerpo. ¿De verdad Denver había aceptado la situación tan rápidamente?
Su abrupto cambio de actitud la dejó un poco desconcertada, aunque reflejaba la resolución que ella había deseado durante tanto tiempo.
«De acuerdo», murmuró Hadley, con una suave sonrisa en los labios.
«Cuídate. Me voy ya».
«Tú también…», respondió Denver con un sutil movimiento de cabeza, saliendo del vehículo y rodeándolo para abrirle la puerta.
Sus miradas se cruzaron por un momento y una sonrisa tranquila y cálida se dibujó en sus rostros. Hadley le hizo un pequeño gesto con la mano.
«Voy a entrar. Está nevando, ten cuidado en la carretera».
«Me las arreglaré», le aseguró Denver. «Entra. Me quedaré aquí hasta que vea que estás a salvo dentro».
«De acuerdo», aceptó ella, dándose la vuelta para marcharse.
Mientras se alejaba, la sonrisa de Denver se apagó, dando paso a una tierna y tácita nostalgia en sus ojos.
Contemplando su silueta que se desvanecía, susurró en voz baja: «Hadley, te esperaré».
Él comprendía muy bien los retos a los que ella se enfrentaba.
Desde su punto de vista, las razones por las que ella lo mantenía a distancia tenían mucho sentido.
Como madre, su hija siempre sería lo primero. A Denver ni se le ocurriría competir con Joy por la atención de Hadley.
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