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Capítulo 742:
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Hadley se giró justo cuando Eric se acercaba, deslizando el brazo alrededor de sus hombros, con un contacto cálido a pesar del aire helado. —¿Por qué no esperas dentro? ¡Aquí fuera se congela!
Hadley dudó una fracción de segundo antes de esbozar una pequeña sonrisa indescifrable. —No pasa nada. No llevaba mucho tiempo esperando.
—Vamos, entremos.
—Vale. —Con eso, dejó que él la guiara al interior, pero sus pensamientos seguían fuera.
Afuera, el viento aullaba, llevando consigo copos de nieve espesos que caían sin cesar, cubriendo la ciudad de un blanco inmaculado. Pero dentro de Silver Villas, el calor envolvía el espacio, envolviéndolo en una tranquila quietud.
Eric atrajo a Hadley hacia sí, con un abrazo firme pero tierno. Ella se había aferrado a él más de lo habitual durante los últimos días, pero a él no le importaba. Más bien al contrario, lo disfrutaba. Si la vida pudiera ser siempre así, solo ellos dos, juntos, cómodos, no pediría nada más.
Le arropó con la manta, alisándosela sobre los hombros antes de inclinarse para darle un suave beso en la sien.
—Hadley.
—¿Hmm? —Ya estaba medio dormida, con la voz pastosa por el sueño. Levantó un brazo perezosamente antes de dejarlo caer, en un débil intento de alejarlo—. ¡No más! ¡Déjame dormir! ¿Qué creía que iba a hacer?
Eric soltó una risita. Tras un momento de silencio, preguntó: —Si tuvieras que elegir entre rojo, azul, amarillo o blanco… ¿cuál sería tu favorito?
Hadley apenas se movió, pero entreabrió un ojo, nublado por el sueño y la sospecha.
—¿Por qué?
—Por nada. Solo contesta.
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Ella exhaló lentamente, con voz suave y cansada. —Rojo.
La respuesta salió sin vacilar, no porque quisiera complacerlo, sino porque era la verdad.
Eric la miró, con una pequeña sonrisa en los labios. Igual que el abrigo de invierno que siempre llevaba, el que le quedaba tan bien. El que hacía que fuera imposible no verla entre la multitud.
—Rojo, eh —murmuró entre dientes, dándole vueltas en la cabeza—. Entendido.
La calidez del momento se extendió entre ellos, convirtiéndose en una tranquila certeza. Y entonces, la idea se coló en su mente: el matrimonio.
No era la primera vez que se le pasaba por la cabeza, pero esa noche se afianzó. Ella había sido suya una vez, pero su primer matrimonio se había construido sobre cimientos erróneos.
Él se lo había pedido antes, pero ella lo había rechazado. Y, mirando atrás, entendía por qué. Porque él no le había hecho sentir que fuera importante.
Lo había tratado como un paso lógico en lugar de una promesa sagrada. Eso no volvería a suceder. Esta vez tenía que ser perfecto. Cada detalle pensado. Cada momento merecido.
Y el anillo… A Hadley le encantaba el rojo, así que no sería un diamante cualquiera. Sería uno rojo.
Al mediodía, Hadley regresó de la cafetería, equilibrando con cuidado una bandeja con una comida caliente para Elissa.
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