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Capítulo 705:
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En el jardín…
Linda estaba de espaldas a Ernest, con la postura rígida y la respiración entrecortada. Sus ojos, hinchados y enrojecidos, brillaban con lágrimas contenidas.
—Linda… —La voz de Ernest era tranquila y firme. Se apoyó en su bastón y con la otra mano le tendió un pañuelo cuidadosamente doblado.
—No llores —le dijo con dulzura—.
Es culpa mía. Si estás enfadada, desquítatelo conmigo.
«¿Que lo desquities contigo?», repitió ella con voz temblorosa por la frustración. Dio un paso hacia él, con la mirada penetrante.
«El niño tiene tres años». Su voz se quebró ligeramente, pero siguió adelante. «¿Dónde está su madre? Lo tienes viviendo con Quentin, pero ¿dónde está esa mujer?».
La expresión de Ernest se ensombreció. Frunció el ceño al recordar un rostro familiar. Durante un largo y tenso momento, no dijo nada. Luego, con la mandíbula apretada, miró a Linda a los ojos con determinación inquebrantable.
—No hay ninguna mujer —dijo con firmeza.
—¿Y esperas que me lo crea? —espetó Linda, con voz teñida de incredulidad—.
¿Que no hay ninguna mujer? ¿Qué? ¿Tuviste un hijo tú solo?
—No es eso lo que quería decir —respondió Ernest, negando con la cabeza.
Exhaló y, con la mirada fija, explicó:
—Quiero decir que solo reconozco al niño. En cuanto a su madre… No sé quién es ni tengo intención de vincularme a ella.
Linda se quedó paralizada, buscando en su rostro cualquier signo de vacilación.
—¿Lo dices en serio? —preguntó con voz temblorosa.
—Sí —Ernest la miró con firmeza. Levantó el pañuelo que tenía en la mano y, con delicadeza, le secó las lágrimas que aún quedaban en sus mejillas—.
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El niño no fue planeado —murmuró—. Su madre no significa nada para mí, solo es una desconocida que estaba allí en ese momento. ¿Por qué iba a elegirla a ella en lugar de a ti?
Sus palabras fueron mesuradas, pronunciadas con claridad y convicción.
Algo dentro de Linda se rompió. Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo, que comenzaron a brotar mientras la emoción la invadía.
—¿Y ahora qué? —Ernest exhaló, sacudiendo la cabeza—. Estás llorando otra vez…
—¡Ernest!
Antes de que pudiera decir otra palabra, Linda se lanzó a sus brazos, agarrándolo con fuerza, como si temiera que pudiera escapar.
—Lo has dicho —articuló entre jadeos—. ¡Lo has dicho tú mismo! Prométeme que no mientes, por favor, no me mientas otra vez.
Ernest la miró, sintiendo el peso de su desesperación sobre él. Un suave suspiro escapó de sus labios antes de levantar finalmente el brazo y abrazarla con firmeza, tranquilizador.
—Sí —murmuró—. Lo he dicho yo mismo. No te mentiré.
Linda exhaló un tembloroso suspiro.
—Ernest, ¡no puedo imaginar una vida sin ti! ¡Eres todo lo que tengo! ¡Por favor, no me dejes!
Él la abrazó con un poco más de fuerza, con voz baja y firme.
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