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Capítulo 68:
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Eric aceptó el voluminoso sobre. Intrigado, se preguntó qué contendría. El sobre era grueso, parecía estar lleno de dinero en efectivo y tenía una nota escrita a mano.
«Para Eric Flynn, adjunto hay 5200 dólares. De esta cantidad, 5000 dólares cubren el acuerdo que pagaste y 200 dólares son por limpiar el sofá, que es la tarifa estándar. Me he mudado. Disculpa las molestias de los últimos días. Hadley Pearson».
Ese era todo el mensaje.
La expresión de Eric se endureció al abrir el sobre y descubrir un fajo de billetes en su interior.
Los billetes se desparramaron por el suelo.
«¿Qué demonios…?».
Con una risa amarga, Eric tiró el sobre a un lado y siguió adentrándose en la casa. Al detenerse en el cuarto de baño, se dio cuenta de que faltaba la voluminosa maleta de Hadley.
—¡Lina!
—¡Sí, señor Flynn! —Lina se apresuró a acudir a su lado—. ¿Qué puedo hacer por usted?
Eric tenía el rostro severo mientras señalaba los aposentos del servicio. —¿Han limpiado estas habitaciones? ¿Hay alguien ocupándolas?
—Las han limpiado —respondió Lina, desconcertada—. Están vacías. Nadie las ha ocupado.
Entonces quedó claro. Hadley no se había mudado a otra habitación. Se había marchado para siempre.
Probablemente se había ido la noche anterior. Y había saldado sus deudas con él.
Desde los quince años, Hadley había dependido de la familia Flynn para todo.
Una fría rabia brilló en los ojos de Eric mientras sus labios se curvaban en una mueca de desprecio. —Hadley, ¿crees que puedes tratar mi casa como un hotel? ¿Ir y venir cuando te da la gana?
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Eric marcó entonces el número de Hadley.
En ese momento, Hadley aún dormía profundamente. Respondió aturdida.
—Hadley.
El tono de Eric era normal por teléfono, pero Hadley percibió una frialdad subyacente que la inquietó. Tragó saliva. —¿Qué pasa?
—¿No volviste anoche? ¿Dónde fuiste?
¿Qué?
Una ola de sorpresa sacudió a Hadley y la despertó por completo. —¿No leíste la nota que te dejé? Me he mudado…
—¿Quién te dijo que podías irte?
La voz de Eric se elevó bruscamente, y la ira en su tono casi perforó los oídos de Hadley. —¿Te lo he permitido yo?
Hadley frunció el ceño. —¿Desde cuándo necesito tu aprobación? Es tu casa. No debería tener que quedarme donde no me quieren.
Desconcertado por la réplica de Hadley, Eric se quedó en silencio, incapaz de responder.
Hadley aprovechó el momento. «¿Es el divorcio lo que te preocupa? Admito que el otro día metí la pata. No volverá a pasar».
Buscando tranquilizar a Eric, continuó con tono decidido: «Te prometo que estaré disponible todos los días hasta que finalicemos el divorcio. No te haré perder más tiempo. ¿Estamos bien ahora?». Su seguridad era firme.
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