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Capítulo 545:
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—¡Una fuga de gas y algún idiota ha encendido un cigarrillo!
La explosión había destrozado el salón, arrancando el marco de la puerta de sus bisagras y reduciendo la pared exterior de cristal a fragmentos afilados como cuchillas.
El fuego lamía con avidez los escombros y el humo espeso se elevaba hacia el cielo.
Hadley…
Eric sintió un vuelco en el estómago.
El corazón le latía con fuerza contra las costillas mientras se abría paso entre la multitud, impulsado por la desesperación.
—¡Eric, detente!
Marshall finalmente lo alcanzó y lo agarró del brazo con todas sus fuerzas. —¡No puedes entrar ahí!
—Suéltame.
La voz de Eric era baja, mortal, y todo su cuerpo estaba tenso por la urgencia. —¡Hadley está ahí dentro!
—Lo sé, pero no puedes entrar solo.
Marshall apretó más fuerte el brazo de Eric mientras lo miraba, atónito ante su imprudencia. —¿Desde cuándo te has vuelto tan irracional? ¿Qué crees que vas a conseguir? ¿Quieres que te maten?
Antes de que Eric pudiera responder, una voz entre la multitud gritó de repente.
—¡Mirad!
—¿Qué es eso?
—¡Dios mío! ¡Alguien ha salido volando por los aires!
—¿Sabéis quién es?
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Un pesado silencio cayó sobre Marshall. Se le secó la garganta y el miedo se apoderó de su pecho. ¿Podría ser… Hadley?
Todo el cuerpo de Eric se tensó, apretó los puños con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos. Clavó una mirada furiosa en Marshall. —¿Aún vas a detenerme?
Marshall dudó, con un destello de culpa en los ojos. Con un suspiro de renuencia, finalmente aflojó el agarre.
Pero entonces… se quedó paralizado. Su mirada se fijó en algo más allá de la multitud en pánico.
Su expresión pasó del miedo al shock. Sin pensar, volvió a agarrar a Eric por el brazo.
—¡Marshall! —rugió Eric, perdiendo la paciencia—. Te juro que si no…
—¡Mira! —lo interrumpió Marshall, señalando frenéticamente hacia delante—. ¡Es Hadley! ¡Es ella!
Eric se quedó sin aliento. Su mente se quedó en blanco por un segundo y su visión se redujo al lugar que señalaba Marshall.
Y allí estaba ella.
A unos diez metros de distancia, Hadley se ponía de puntillas para ver por encima de la multitud, completamente ilesa. Sostenía un cono de helado en una mano y fruncía el ceño mientras escuchaba a la gente murmurar sobre la explosión. Con una mezcla de curiosidad y leve preocupación, se volvió hacia alguien que estaba a su lado.
—¿Dónde están los bomberos?
—Ya han sido llamados, pero tardarán un poco en llegar.
—Sí
.
El sonido lejano de las sirenas rompió de repente el ambiente caótico, haciéndose más fuerte con cada segundo que pasaba.
—¡Ya están aquí!
.
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