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Capítulo 416:
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En ese momento, Eric sintió una abrumadora sensación de desesperación, el peso de su desdén lo aplastaba. Una escalofriante revelación lo golpeó: Hadley lo despreciaba.
¿Era posible que ella también lo odiara?
—¡Hadley!
Instintivamente, Eric la llamó.
Hadley se detuvo, pero no se volvió.
—Hadley… —susurró Eric, con la voz temblorosa por la confusión de emociones que se arremolinaban en su interior.
—Dime, ¿me odias?
Al oír estas palabras, el cuerpo de Hadley se tensó visiblemente.
El tiempo pareció detenerse mientras el silencio se prolongaba antes de que ella finalmente se volviera hacia él, con la mirada fija.
Sus palabras fueron deliberadas, pronunciadas con claridad.
—Sí, te odio, incluso te desprecio.
Reuniendo todo su valor, Hadley continuó sin vacilar:
—Para ser sincera, si no me lo hubieras preguntado, nunca habría tenido el valor de admitirlo. Al fin y al cabo, eres Eric Flynn, el hombre lo suficientemente poderoso como para expulsarme de Srixby con un simple chasquido de dedos.
Habían pasado cuatro largos años desde que se vio obligada a abandonar su hogar.
Cuando vio el rostro pálido de Eric, una dura satisfacción brilló brevemente en sus ojos.
—¿Estás sorprendido? ¿De verdad creías que debía dar las gracias al hombre que me expulsó de mi hogar y me ignoró por completo durante cuatro años?
Eric se quedó sin palabras y apartó la mirada de ella.
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—Fue porque…
—Ja —Hadley sonrió con frialdad—.
—Lo entiendo, me declararon culpable de hacer daño a Linda. Ya me lo has dejado muy claro.
En silencio, bajó la mirada y sus pestañas se agitaron ligeramente mientras su voz se suavizaba.
—Pero tu compensación fue muy generosa.
Dinero, más del que jamás había soñado ver en toda su vida.
Tras considerar cuidadosamente el pago, añadió con resignación:
—A partir de ahora, viviremos como extraños.
Sin esperar la respuesta de Eric, Hadley se dio la vuelta con decisión, abrió la puerta y se subió al coche.
Con un clic firme, cerró la puerta y le indicó:
—Ya puedes arrancar.
—Ahora mismo.
Mientras el coche se alejaba, la brisa rozó a Eric, que permanecía inmóvil, paralizado por la tristeza. Una repentina sensación de vacío lo invadió, una sensación de pérdida que nunca antes había experimentado.
Hace años, nunca hubiera imaginado estar allí, sintiéndose tan impotente.
Un único y doloroso pensamiento cruzó su mente: el arrepentimiento.
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