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Capítulo 349:
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Eso fue todo. La compostura de Hadley, que ya pendía de un hilo, se rompió. Se había estado obligando a soportar su tacto, a permanecer en silencio, a seguirle el juego.
Pero esto… esto era algo que ninguna mujer debería tolerar jamás.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, le arrojó la bebida directamente a la cara sin pensarlo dos veces.
—Pequeña… Yo…
El vino corría por las mejillas de Wayne, goteando por su barbilla. Su rostro se retorció de rabia mientras se ponía en pie de un salto, maldiciendo furiosamente.
Con un movimiento brusco, se pasó el dorso de la mano por la cara y se abalanzó sobre Hadley.
—¡Zorra!
La habitación resonó con el estruendo del cristal rompiéndose.
Hadley había estrellado el vaso contra el borde de la mesa.
Los fragmentos se esparcieron por el suelo, dejándola con nada más que el tallo irregular apretado con fuerza en su puño.
Sus ojos ardían de furia mientras lo levantaba, con la punta afilada apuntando directamente a Wayne.
—¡Atrás! ¡No te atrevas a acercarte a mí!
—¡Hadley!
Elvin se abalanzó hacia ella, con una expresión de alarma en el rostro mientras intentaba alcanzarla.
—¡No me toquéis! ¡Alejáos todos!
Hadley estaba fuera de sí, todo su cuerpo tenso en una actitud desafiante.
Mantuvo el vaso roto en alto, lista para golpear a cualquiera que se atreviera a acercarse.
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Wayne echó la cabeza hacia atrás con una risa, su diversión teñida de malicia.
—¡Mira a esta zorra loca! ¿Crees que eso va a detenerme?
—No te acerques más…
Hadley sacudió la cabeza frenéticamente, apretando con fuerza el tallo roto hasta que los bordes irregulares se le clavaron en los dedos. Unas rayas carmesí brotaron, contrastando con su piel.
—¡Ya voy para allá!
La voz de Wayne rezumaba arrogancia mientras avanzaba con paso firme, acortando la distancia en dos largas zancadas. Agarró a Hadley por la muñeca con un tirón brusco.
—¿Y ahora qué, cariño?
La visión de Hadley se nubló. Respiraba entre jadeos irregulares y su agarre sobre el cristal roto flaqueaba. Parecía que fuera a desplomarse en cualquier momento.
«Vaya, esto es interesante».
Una risa lenta y divertida rompió el silencio.
Todas las cabezas se giraron bruscamente hacia la voz.
Eric, que había estado recostado en una fila de sofás en la esquina, se levantó sin prisa.
«¿Sr. Flynn?».
El cambio en el ambiente fue inmediato. En un instante, Wayne y los demás borraron sus expresiones anteriores y las sustituyeron por sonrisas aduladoras y cuidadosamente calculadas.
«Sr. Flynn, disculpe las molestias», se apresuró a decir uno de ellos.
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