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Capítulo 2280:
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«¿Cariño?», preguntó ella en voz baja, con el corazón encogido. «¿Te duele?».
Él emitió un sonido ahogado, pero negó con la cabeza obstinadamente. «¡No me duele! Mamá, abrázame, ¡soy valiente!».
Al oír esas palabras, Elissa perdió la compostura. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas mientras abrazaba al niño tembloroso.
«Mamá está aquí, cariño. Mamá no dejará que nada te haga daño».
Locke asintió levemente con la cabeza, aún acurrucado contra ella. Pero pronto, unos sollozos silenciosos sacudieron su pequeño cuerpo.
Sus sollozos silenciosos delataban el dolor que intentaba ocultar con tanto empeño. Había prometido ser valiente, por lo que contuvo sus lágrimas con todas sus fuerzas.
«Eres un niño tan bueno… , mi valiente y dulce niño». Las lágrimas de Elissa cayeron con más fuerza mientras lo observaba.
Esta pequeña alma gentil y obediente era su bebé, su todo.
Era tan pequeño, pero su fuerza y su madurez eran suficientes para romperle el corazón.
«Locke…». Su voz era suave y temblorosa. «No tienes que aguantarte. Llora si quieres, no pasa nada».
«Pero papá dijo…», sollozó Locke con voz temblorosa. «Papá dijo que los hombres de verdad no lloran… que los niños fuertes no hacen eso».
Elissa lo abrazó con más fuerza. «Eso no es del todo cierto», le susurró. «Con mamá, puedes llorar todo lo que quieras. No me importará. Te lo prometo».
«¿De verdad?
—¡De verdad!
Al final, Locke no pudo contenerse más. Agarró su camisa con su pequeña mano mientras lloraba: —¡Mamá! ¡Me duele!
Justo al otro lado de la puerta, Ernest lo oyó todo. Se le encogió el pecho y se le nubló la vista por las lágrimas.
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¿Cómo podía un niño vivir sin su madre? Solo pensarlo era insoportable.
Se quedó allí en silencio, escuchando cómo los llantos de Locke se iban apagando poco a poco.
Un rato después, se abrió la puerta. Elissa salió con Locke en brazos. El niño estaba acurrucado contra ella, temblando ligeramente. Ahora tenía un yeso nuevo en su pequeño brazo izquierdo.
«Elissa, Locke». Ernest se adelantó y extendió los brazos. «Déjame cogerlo».
Con cuatro años, Locke era redondo y regordete, y bastante pesado.
«¡No! ¡No quiero a papá!», protestó Locke enérgicamente antes de que Elissa pudiera responder, acurrucándose más en sus brazos. «¡Quiero a mamá! ¡Mamá está bien!».
Ernest dudó.
Frunció ligeramente el ceño, pero mantuvo un tono tranquilo. «Locke, vamos. Mamá está cansada. Papá es más fuerte, déjame llevarte».
Normalmente, Locke habría aceptado, ya que no quería ser una carga para su madre. Pero hoy era diferente.
«¡Quiero a mamá!», gritó obstinadamente. «¡Quiero quedarme con mamá!».
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