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Capítulo 2124:
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Ernest se quedó en silencio.
Cerró los ojos, con el dolor apretándole el pecho como un peso.
Quentin insistió: «Nuestros socios necesitan su presencia. Ni el Sr. Scott ni yo podemos sustituirlo».
Quentin solo era un asistente, y Eric ya estaba alineado con la familia Scott.
Siendo un Scott, ¿cómo podía Eric representar a la familia Flynn y ocuparse de sus negocios?
«Sr. Flynn», suplicó Quentin. «Por favor, vuelva. La búsqueda continuará. Si no nos rendimos, creo sinceramente que volverán».
Ernest permaneció en silencio, con los ojos cerrados y el cuerpo ligeramente inclinado.
Al otro lado, Quentin no dijo nada, simplemente esperó, en silencio y con paciencia.
Tras un largo y pesado silencio, Ernest finalmente murmuró: «Ya veo».
El teléfono se le resbaló de los dedos y sus rodillas casi se doblaron.
—¿Sr. Flynn? —El asistente se apresuró a acercarse y lo sujetó justo a tiempo—. ¿Se encuentra bien?
—Estoy bien —Ernest negó con la cabeza, cansado—. No me estoy muriendo.
Con tranquila determinación, ordenó: —Prepárense… volvemos a Srixby. »
El asistente se enderezó inmediatamente, con la tensión recorriendo su cuerpo. «¡Sí, señor!».
En la quietud de la madrugada, bajo un cielo iluminado por la luna, Ernest subió los escalones de su jet privado con destino a Srixby.
Se hundió en el asiento de cuero, con la postura encorvada y la mirada fija en la nada. Al cerrar los ojos, los recuerdos afloraron: Elissa y Locke, vívidos e indomables.
«¡Mamá, mira! ¡Hoy he sacado un sobresaliente en el dictado!».
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«Eso es maravilloso, cariño. ¿Con qué recompensa lo celebramos? ¿Helado?».
«¡Sí! ¡Helado!».
«Pero shhh… que papá no se entere. Lo comeremos en secreto».
«¡Vale! ¡Está delicioso! ¡Mamá, pruébalo tú también!».
«¡Qué rico!».
Las lágrimas resbalaban silenciosamente por las mejillas de Ernest.
Él había hecho esto: había destrozado la vida que una vez le había proporcionado auténtica felicidad. Antes lo tenía todo: risas, amor y una familia completa. Pero su arrogancia lo había destrozado todo y ahora solo quedaba el vacío.
Había destrozado el corazón de su hogar con sus propias manos.
Su cuerpo seguía vivo: los pulmones respiraban y el corazón latía obedientemente. Pero por dentro… estaba vacío. Un hombre en apariencia, un fantasma en realidad.
El dolor se enroscaba alrededor de su pecho como una soga que se apretaba, arrastrándolo más profundamente hacia la oscuridad…
«¿Ernest? ¿Me oyes? Despierta».
Ernest oyó una voz, pero no pudo ver el rostro que la acompañaba.
Sus párpados parecían de plomo, sellados por una fuerza invisible. Luchó por abrirlos, pero solo consiguió entreabrirlos.
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