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Capítulo 1911:
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«Sí, lo entiendo perfectamente. Hablaremos más tarde».
La llamada terminó abruptamente, dejando un peso incómodo en el aire. Eric mantuvo el teléfono en la mano, con la mirada fija en Hadley, como si estuviera debatiéndose entre hablar o no.
«¿Qué pasa?», preguntó Hadley, interpretando la pesadez de su expresión antes de hacer una cuidadosa suposición. «¿Se trata de Linda?».
«Sí», confirmó Eric con un gesto solemne. «Ella…».
Hadley frunció el ceño y la preocupación se apoderó de su rostro. Lo último que sabía era que Eric y Ernest habían concertado una cita para que Linda fuera vista por un oncólogo.
«¿Ha empeorado su estado?», insistió.
«En cierto modo, sí», respondió Eric con franca honestidad. «Ya tenemos los resultados de la consulta. Los médicos recomiendan… la amputación».
¿Amputación?
Hadley abrió mucho los ojos, sorprendida, y sus pestañas temblaron ante la devastadora revelación. —¿Esa intervención… ayudará?
La respuesta de Eric no transmitía certeza. —En esta situación no hay garantías. »
La implicación era clara: incluso si Linda se sometía a la amputación, el tumor podría seguir extendiéndose y su supervivencia seguía siendo terriblemente incierta.
Dentro de los confines estériles del sanatorio, Ernest se sentó en una silla justo enfrente de Linda, cuyos ojos estaban hinchados e inyectados en sangre por el llanto incesante.
Las palabras nunca habían sido su fuerte, y ahora se sentía completamente impotente para ofrecerle consuelo.
Una decisión tan trascendental como la amputación no podía ocultársele a la paciente. Su estado psicológico ya era frágil, y cuando el equipo médico le comunicó la devastadora noticia en persona, su mundo se derrumbó por completo.
Las emociones de Linda se sumieron en el caos, estallando en gritos histéricos y sollozos inconsolables.
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Se necesitó mucho tiempo, junto con la ayuda de sedantes, para que se restableciera una apariencia de calma. Aun así, el personal no se atrevía a bajar la guardia. En ese mismo momento, las muñecas y los tobillos de Linda permanecían inmovilizados por su propia seguridad.
«Ernest». Tras un largo silencio, Linda giró lentamente la cabeza hacia él, con la voz cargada de desesperación y apenas audible a través de los restos de su confusión. «¿Es este realmente el único camino a seguir?».
«Linda…». Ernest dejó escapar un profundo suspiro, agobiado por el peso del cansancio. «Los médicos están ofreciendo su orientación experta. Tienen conocimientos que nosotros no tenemos».
«Pero…». Linda cerró los párpados y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas en un flujo interminable. «Estoy aterrorizada, absolutamente aterrorizada… ¿Y si algo sale mal, y si…?»
La pregunta inconclusa flotaba como un espectro entre ellos. Aunque no lo dijeron, ambos comprendían su miedo más profundo.
Toda cirugía conlleva riesgos. El equipo médico había advertido que era posible que no sobreviviera a la operación. E incluso si lo hacía, no había garantía de que las células tumorales dejaran de propagarse sin cesar.
Cada decisión que debían tomar estaba llena de peligros, como un laberinto sin salida.
Linda se derrumbó en un llanto desconsolado, incapaz de articular palabra.
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