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Capítulo 1783:
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«Bien…». Ernest asintió con la cabeza, aunque la emoción amenazaba con atragantarlo.
Le ofreció un pañuelo. «No hay prisa. Tómate todo el tiempo que necesites».
Más tarde, cuando llegó la hora de marcharse, Ernest ayudó personalmente a Linda a subir y bajar de la silla de ruedas y del coche.
Le dio una sencilla instrucción al conductor. «Pongámonos en marcha».
El conductor asintió rápidamente y emprendió el viaje hacia el conocido sanatorio Pristin Mountain, escondido en el sur de Srixby. Era un centro privado, rodeado de un paisaje tranquilo y natural, y con un personal compuesto por expertos profesionales médicos, cuidadores y nutricionistas.
En su reunión con el médico jefe, Ernest le expresó su preocupación. «No ha mostrado ningún progreso. A partir de ahora, confío en ustedes para su cuidado».
El médico respondió con una sonrisa respetuosa. —Es usted muy generoso, señor Flynn.
—Cuidar de los pacientes es nuestra responsabilidad, y le daremos la mejor atención posible.
«De acuerdo». Ernest asintió con la cabeza y luego preguntó directamente: «¿Qué opina? ¿Hay alguna esperanza de que se recupere?».
«Sinceramente, es difícil predecirlo en este momento. Tendremos que realizar una evaluación completa y comenzar el tratamiento antes de poder decir nada definitivo». Ernest escuchó atentamente y asintió en silencio. «Confiaré en su criterio para su cuidado».
«Es muy generoso de su parte».
Después de salir de la oficina, Ernest fue a ver cómo estaba Linda.
Mantuvo la distancia, quedándose fuera mientras el equipo médico se presentaba a ella por primera vez. A través del cristal, Ernest observaba en silencio.
Dentro, Linda abrió los ojos con miedo. «¿Quiénes son ustedes?».
El médico jefe se dirigió a ella con delicadeza. «Linda, no hay por qué preocuparse. Me presentaré…».
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«¡No!». Linda retrocedió temblando. «¡No conozco a ninguno de ustedes! ¡Déjenme en paz!». El pánico no hacía más que aumentar.
Con las manos temblorosas, lanzó todo lo que tenía a mano a los médicos. «¡Váyanse! ¡Fuera!».
Sus ojos encontraron a Ernest a través de la puerta y su voz llenó la habitación.
«¡Ernest!».
La desesperación quebró su voz mientras gritaba: «¡Ernest, ayúdame! ¡Por favor, sálvame!».
Mientras observaba desde fuera, Ernest apretó la mandíbula y cerró los puños.
«Sr. Flynn, ahora no es el mejor momento para entrar…».
Ernest se detuvo un momento.
«Es normal que los pacientes reaccionen así al principio. Los médicos aquí están entrenados para estas situaciones. ¿No esperaba que ella pudiera depender menos de usted?». La enfermera mantuvo un tono tranquilizador.
Esas palabras le tocaron la fibra sensible.
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