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Capítulo 172:
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Hadley levantó una mano y llamó a la puerta.
Antes de irse, Lennon le dio una última advertencia. «Ten cuidado».
«De acuerdo».
«Entra».
Hadley respiró hondo para calmarse y abrió la puerta. «Sr. Murray».
La habitación estaba bañada por una luz tenue, cuyo cálido resplandor proyectaba largas sombras. Un gramófono sobre la mesa reproducía una melodía lenta y relajante. Duran se puso de pie y le ofreció una silla con una suave sonrisa.
—Siéntate.
—Gracias.
Duran se sentó frente a ella y señaló la mesa. —¿Tienes hambre? He preparado esto para ti.
—¿En serio?
Su mirada se posó en un delicioso brownie y un bol de yogur griego con fruta fresca.
Duran se recostó en la silla y observó su reacción. —Se lo pregunté a Lennon. Me dijo que te gustaban.
Hadley dudó un instante y una expresión de ternura se dibujó en su rostro. —Sí —admitió con voz más suave.
A pesar de todo —su edad, el secreto de su acuerdo— él había…
Hadley cogió una cuchara y empezó a comer.
Ya se había quitado el maquillaje y se había puesto algo sencillo, casi modesto. Sin embargo, a pesar de su aspecto discreto, no podía ocultar la elegancia tranquila que desprendía, esa que hacía que la gente se fijara dos veces en ella.
Duran la estudió durante un instante antes de preguntar: —¿Cuántos años tienes?
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—Veinticuatro.
Se le escapó un suave suspiro. —Qué joven. Su mirada se demoró, y el peso de esta hizo que sus palabras sonaran más graves de lo que deberían.
—Estoy llena —dijo Hadley, dejando la cuchara sobre la mesa.
—Señor Murray… —Empujó la silla hacia atrás y se puso de pie, ofreciéndole la mano con una pequeña sonrisa—. Gracias por la comida. ¿Le apetece bailar?
Duran se rió entre dientes y deslizó los dedos entre los de ella. —¿Por qué no?
En cuanto sus manos se tocaron, Hadley se tensó, solo por un segundo. Un escalofrío de inquietud la recorrió, pero lo reprimió antes de que pudiera afianzarse.
Duran se levantó y, con un agarre firme, deslizó el otro brazo alrededor de la cintura de ella. Hadley apoyó una mano en su hombro y siguió el ritmo de la música que los envolvía.
—Hadley —murmuró Duran, con voz suave e indescifrable.
Duran la estudió, con la mirada fija en ella. —¿Entiendes lo que quiero de ti?
—Sí —Hadley levantó la barbilla y lo miró a los ojos sin vacilar—. Lo entiendo.
—¿Y estás dispuesta?
Ya sabía la respuesta: sus acciones habían hablado por ella. Pero aun así, Duran quería oírlo.
—Sí. —La voz de Hadley era firme, su determinación inequívoca—. Estoy dispuesta.
Una lenta sonrisa se dibujó en sus labios mientras lo miraba.
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