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Capítulo 1686:
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Unos instantes después, Hadley regresó con una manta en los brazos. Le tiró la que estaba en la cama y le dijo: «Usa esta».
Tras decir esto, extendió la nueva manta en su lado de la cama. «Yo usaré esta».
«¿Por qué?», preguntó Eric con expresión abatida y una pizca de frustración en los ojos. «Somos pareja. ¿Por qué íbamos a dormir con mantas separadas?».
Para él, compartir la cama y la manta significaba compromiso y unidad.
¿Pareja?
Hadley soltó una risa sin humor. «¿Lo has olvidado? Aún no estamos casados».
«¿Qué quieres decir?», preguntó Eric agarrándole la muñeca, con los ojos muy abiertos por la ansiedad. «¿Estás pensando en dejarme otra vez?».
Sus labios se fruncieron en una línea fina y gruñó: «Lo prometiste. Dijiste que nunca me dejarías».
«¡Suéltame!». Hadley bajó la mirada hacia su muñeca. Su cuerpo se tensó, todos los músculos se contrajeron por la tensión. Frustrada, espetó: «¡He dicho que me sueltes!». Algo en ella cambió.
Eric se dio cuenta. Sorprendido, la soltó rápidamente. «¡Ya te he soltado! ¿Lo ves? Te he soltado». Sin perder el ritmo, Hadley se dio la vuelta y se metió en el baño.
—¿Hadley? —Eric saltó de la cama y la siguió.
La puerta del baño estaba cerrada con llave desde dentro. Eric agarró el pomo y lo intentó, pero no se movió.
Levantó la mano y llamó a la puerta. —Hadley, ¿estás bien? La imagen de ella apareció en su mente: su rostro pálido y sus ojos muy abiertos, como los de un animal acorralado.
Eso lo inquietó más de lo que quería admitir.
«¿Te encuentras mal?», volvió a preguntar.
Seguía sin responder.
Solo se oía el sonido del agua corriendo desde el interior del cuarto de baño.
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El sonido del agua cayendo tras la puerta cerrada despertó algo en lo más profundo de la memoria de Eric, haciendo que frunciera el ceño con incómodo reconocimiento.
Hadley había rechazado sus insinuaciones solo unos minutos antes con un rechazo inequívoco.
Esta versión asustada y a la defensiva de Hadley despertó ecos de su turbulento pasado.
El recuerdo se remontaba a más de un año atrás, a aquellos primeros días en los que Hadley había regresado a Srixby con recelo grabado en cada gesto.
Una posesividad instintiva lo había consumido entonces, un impulso primario que desafiaba toda explicación racional y se negaba a desaparecer. Durante aquellas semanas tentativas, la había perseguido con implacable determinación.
Su resistencia se asemejaba al rechazo de esta noche: feroz, visceral e inequívoca.
Sin embargo, de alguna manera, sus defensas acabaron por derrumbarse, cediendo a una aceptación que parecía genuina.
A continuación vinieron innumerables momentos íntimos, encuentros tiernos en los que ella nunca había mostrado un terror tan crudo.
En consecuencia, él había relegado esas primeras señales de alerta a los rincones olvidados de su conciencia.
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