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Capítulo 1487:
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«Señor, se ha producido un giro inesperado. El equipo que hemos asignado en secreto para proteger a Maia acaba de comunicar…»
Grayson hizo una pausa, observando atentamente la reacción de Chris antes de continuar. «Maia se dirige hacia aquí en estos momentos. Está a menos de tres millas de distancia.»
Chris se quedó momentáneamente desconcertado. La fría indiferencia de su mirada se resquebrajó por un instante, sustituida por un destello de sorpresa y profunda confusión.
¿Maia? ¿Cómo podía saber ella de este lugar? ¿Venía aquí a por él?
Esta villa era el secreto mejor guardado de su padre, un lugar que solo él y Zoey conocían. ¿Podría ser que Maia conociera a Zoey desde hacía mucho tiempo, y la conociera lo suficientemente bien como para que Zoey le hubiera revelado su ubicación? Chris instintivamente quiso rechazar tal posibilidad.
Intuyendo su vacilación, Grayson esperó instrucciones. «Señor, ¿cuáles son sus órdenes? ¿Debemos…?»
Chris respiró lentamente, con la mirada perdida en las nubes de tormenta que se acumulaban amenazadoramente más allá de la ventana. Su voz sonó baja y firme.
«Borra todo rastro de nuestra presencia aquí. Evacúa a todo el mundo. Inmediatamente».
La carretera forestal se extendía sin fin ante ellos.
El todoterreno negro surcaba el asfalto sinuoso como un rayo silencioso, con el viento aullando contra las ventanillas con un estruendo agudo. Los nudillos de Maia se pusieron blancos alrededor del volante. Sus ojos permanecían fijos en la carretera, pero su mente divagaba, confusa y fragmentada.
Los recuerdos parpadeaban como dos películas que se reproducían alternativamente.
Un rollo brillaba con calidez. Una tarde en los apartamentos Elysium, los ojos de Chris fijos en ella —tenderos y burlones—, su voz baja en su oído. «Soy tu marido, y tienes todo el derecho a mirar donde quieras». Cada mirada le había hecho dar un vuelco al corazón. Cada palabra le había robado el aliento.
Entonces la escena cambió bruscamente. Blanco y negro. Silencio. Frío. Penetrante.
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Tras la operación, Chris se había despertado con la mirada perdida, escrutándola con frialdad, como si ella fuera una desconocida que pasaba por allí. La calidez, el cariño, todo había desaparecido.
Maia pisó el freno a fondo y lo soltó. La inercia la lanzó hacia delante, y el cinturón de seguridad se le clavó en el pecho. El dolor agudo la devolvió al presente.
«Una pesadilla viviente», susurró en el silencio repentino.
Sin Chris, cada segundo se sentía como un tormento. ¿Dónde estaba el hombre que una vez le había susurrado «cariño», que había arriesgado su vida para protegerla?
Inhaló lentamente, recuperando la compostura, y escudriñó a través del parabrisas. En medio del denso bosque, emergió la silueta grisácea de un edificio: la villa secreta de Kyle. Su destino.
Una intuición repentina y poderosa le electrificó los nervios. Era una sensación a la vez profundamente familiar y abrumadora: un tirón visceral que le decía que alguien importante estaba cerca. Quizás justo allí, en ese bosque.
¿Chris?
Su pulso se aceleró.
Los faros brillaban entre los árboles. Una caravana de unos cinco todoterrenos negros se abalanzaba hacia ella, desprendiendo una amenaza inconfundible de «no te acerques». La carretera se estrechaba bruscamente, dejando apenas espacio suficiente para que los vehículos pasaran uno al lado del otro.
Dentro del coche blindado del medio, Chris —enmascarado e inmóvil— percibió un cambio. Abrió los ojos de golpe y giró la cabeza. A través del cristal tintado unidireccional, divisó un vehículo negro que pasaba a toda velocidad. La silueta era inconfundible.
Era Maia.
Sin embargo, Chris no dijo nada. No buscó el mando de la ventanilla. Simplemente se quedó sentado en el oscuro interior mientras un dolor repentino y agudo como una lanza le atravesaba detrás de los ojos —un dolor que no traía consigo ningún recuerdo—. Permaneció completamente inmóvil, un espectador silencioso en las sombras, viendo cómo el vehículo de Maia pasaba a toda velocidad junto al suyo.
Estaban tan cerca que una mano levantada podría haber tocado el cristal que los separaba. Pero mentalmente, estaban a años luz de distancia.
En ese preciso momento, Maia giró instintivamente la cabeza, con la mirada atraída por el todoterreno que pasaba. Sin embargo, lo único que vio fue su propio reflejo y el borrón de los árboles que se precipitaban a su lado, reflejados en la ventanilla tintada, de una oscuridad impenetrable. No vio nada del ocupante que había dentro.
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