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Capítulo 1416:
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Kolton bajó la ventanilla, con evidente irritación en su expresión. «¿A qué viene el retraso? ¿Por qué no has abierto la puerta?». La lluvia golpeaba sin cesar contra el coche, y cada gota resonaba como un redoble de tambor.
Sin embargo, el silencio del conductor era más frío que la propia tormenta, lo suficiente como para hacer que a Kolton se le helara la sangre.
Cuando el conductor finalmente se dio la vuelta, el terror había desfigurado su rostro. Su voz temblaba. «Sr. Cooper… ha pasado algo. Todo el mundo se ha desmayado». Tragó saliva con dificultad, al borde del pánico, preparándose para proteger a Kolton de lo que fuera que hubiera fuera. «Por favor, quédese en el vehículo. Podría ser una emboscada».
«¿Qué?». La compostura de Kolton se desmoronó al instante.
La fachada de calma que siempre mostraba se disolvió, sustituida por un miedo primitivo y escalofriante. Nunca había imaginado que alguien se atrevería a infiltrarse en la finca Cooper.
La lluvia resbalaba por las ventanas, retorciéndose en sombras distorsionadas que envolvían su mirada.
«Todos nuestros guardias están fuera de combate», susurró el conductor, sacando una pistola y quitándole el seguro. «No sé si están muertos».
Kolton apretó la mandíbula y sacó su teléfono, marcando el número de los agentes secretos. El frío resplandor de la pantalla iluminó el oscuro interior, proyectando sus rasgos en una luz aún más gélida.
La espera se hizo interminable.
En esos pocos segundos, Kolton barajó innumerables posibilidades. Si no hubiera reasignado antes a sus agentes secretos a Harmony Plaza, nadie habría podido entrar en las instalaciones, lo que significaba que los atacantes poseían información crítica. Solo unos pocos elegidos la conocían. ¿Era Kiley u otra persona?
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Descartó la idea. Si los intrusos comprendían la situación lo suficientemente bien como para saber que él no estaba en casa, ¿qué sentido tenía atacar la finca?
Entonces, un repentino escalofrío le recorrió la espalda. Su objetivo no era él.
Volvió a bajar la ventanilla. «Revisa el sótano. Ahora mismo».
El conductor dudó y luego salió corriendo bajo la lluvia.
En cuanto se marchó, una angustia sofocante invadió a Kolton. ¿Podría ser otra trampa? Cerró la ventanilla inmediatamente y bloqueó las puertas.
Se hizo el silencio, solo roto por su respiración entrecortada.
La limusina era a prueba de balas, ni siquiera un francotirador podría perforarla con el primer disparo. Aun así, Kolton se agachó. Nunca se sabía qué armas podría llevar un enemigo. Un rifle antimaterial podía perforar el blindaje de un tanque.
La lluvia se intensificó, golpeando el techo como puñetazos. Agarró su teléfono con fuerza y esperó.
Toda una vida de pérdidas lo había vuelto cauteloso, incluso paranoico. No confiaba en nadie. Ni en Kyle, su hermano mayor. Ni en Zoey, esa mujer desquiciada. Todos querían algo. Todos querían el control.
Entonces sonó su teléfono. El sonido le hizo dar un respingo. Respondió.
—Señor Cooper, han forzado la puerta de la mazmorra. Todos los guardias están muertos. —La voz del conductor se oía entrecortada a través de la línea—. Todas las celdas están vacías y hay sangre por todas partes. El viento, la lluvia y la respiración entrecortada del conductor se mezclaban en la conexión.
Kolton entrecerró los ojos.
Tal y como había sospechado, alguien había venido a por Claudius.
Sin embargo, lo que le sorprendió fue que lo primero que sintió no fue ira, sino calma. Una extraña y fría satisfacción se apoderó de él, e incluso sonrió. La lluvia que golpeaba la ventana sonaba casi como un aplauso.
Exhaló lentamente, sintiendo algo parecido al orgullo por su hijo.
Claudius se había preparado para esto. Sabía que el encarcelamiento era inevitable y había organizado un equipo para esperar el momento perfecto. Excelente. Así era su hijo: alguien que no confiaba en nadie, ni siquiera en su propio padre.
La oscuridad se apoderó de la mirada de Kolton, tan pesada como la tormenta del exterior.
Esa era la regla de la supervivencia. La gente se había vuelto blanda, olvidando las sombras de las viejas guerras. Pero él nunca lo había hecho.
Claudius podría odiarlo para siempre. Sin embargo, esa era la última lección que podía darle a su hijo. Claudius no sabía nada sobre los orígenes de los agentes secretos, ni sobre lo aterrador que era realmente Thomas. Kolton, como jefe del Grupo Cooper, no era más que una pieza en un tablero controlado por gigantes globales. Pero en Wront, él seguía siendo el rey. Nunca permitiría que el legado de Cooper se desmoronara.
Un repentino golpe en la ventanilla llamó su atención. Kolton levantó la vista bruscamente. Un agente secreto estaba fuera, con la lluvia resbalando por su tenso rostro.
Kolton bajó la ventanilla. —Encuentra a Claudius. Está herido, no irá muy lejos. Probablemente esté buscando ayuda médica.
—Entendido. El agente desapareció en la tormenta como una sombra.
Mientras tanto, los vientos azotados por la lluvia barrían la pista del aeropuerto cuando Cade, el investigador privado, finalmente bajó del avión. Su paso era firme pero urgente.
Detrás de él descendía un imponente anciano con cabello gris acero. Su mirada aguda y su abrigo militar cubierto de medallas irradiaban autoridad. Los soldados se alineaban a ambos lados de la rampa en una formación estricta y ceremonial.
El anciano puso una mano firme sobre el hombro de Cade, con voz profunda y autoritaria. «Vamos. Llévame a Maia».
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