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Capítulo 1404:
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Jarrod se presionó las palmas contra la cara, pasándose las manos por el pelo como si pudiera arrancar la vergüenza que se había alojado en su corazón. Le latía el pecho como si estuviera a punto de estallar.
Los recuerdos se agolpaban en su mente. Maia pagando los gastos del hospital de sus padres. Rosanna tejiendo mentiras como si fueran seda. Su propia ira ciega a punto de golpear a la persona equivocada.
Incapaz de contenerse más, Jarrod levantó la mano y se golpeó la mejilla con fuerza.
El sonido del impacto resonó en el pasillo.
Las cabezas se giraron. La gente miró rápidamente en su dirección, pero nadie se atrevió a interferir.
Jarrod apenas se dio cuenta. Su silencio no importaba. El escozor en su piel era lo único que lo mantenía cuerdo, lo devolvía a sí mismo.
Sus ojos enrojecidos se entrecerraron con furia mientras susurraba entre dientes: «Rosanna Morgan… lo has arruinado todo. En cuanto volviste, dejamos de lado a Maia, y todas las desgracias vinieron tras de ti. Nunca debiste haber vuelto a casa. Maia era la que realmente pertenecía a nuestras vidas».
Apoyándose contra la fría pared, Jarrod se enderezó y avanzó con piernas temblorosas.
Una silueta apareció delante de él, una que reconoció al instante.
Ethan estaba de pie junto a las puertas del quirófano. Su rostro estaba pálido y la preocupación se aferraba a él como una sombra.
Jarrod sintió un nudo de angustia en el estómago al verlo. Quizás Maia estaba detrás de esas puertas.
Dio un paso hacia Ethan y cada pisada le parecía como si arrastrara plomo por el suelo.
Jarrod se movía como si tuviera pesadas cadenas atadas a los tobillos que le impedían avanzar.
Sus pasos se hundían cada vez más, como si estuviera vadeando un fango sofocante.
Avanzaba a un ritmo tortuosamente lento, como si una fuerza invisible lo empujara hacia atrás, haciendo que incluso el más mínimo paso hacia adelante le pareciera que le aplastaba los pulmones.
Las luces del pasillo brillaban frías y pálidas, bañándolo en un tono sombrío y helado.
En su interior, Jarrod seguía susurrando el nombre de Maia como una súplica. Los recuerdos de ella parpadeaban en su mente, nítidos, inesperados, implacables.
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Nunca valoró todas las bondades que ella le había mostrado.
Despreció todas las advertencias que ella le había dado.
Cada vez que Rosanna la hería, él no la protegía de verdad.
Jarrod siempre creyó que luchaba para que Maia volviera a la familia Morgan, pero nunca reconoció lo despiadadamente que la habían expulsado.
Solo ahora lo veía con claridad: sus esfuerzos no eran más que orgullo disfrazado de sinceridad.
Todo esto era una retribución, el amargo fruto de la arrogancia y el prejuicio ciego de la familia Morgan.
Al darse cuenta de ello, Jarrod soltó una risa hueca y burlona.
Se detuvo varios pasos antes de llegar a Ethan, con el pecho oprimido por un dolor lento y desgarrador, como si le hubieran destrozado el corazón y lo hubieran cosido de nuevo, dejándole suspendido de un fino hilo de desesperación.
Jarrod inclinó la cabeza.
No se atrevía a presentarse ante Maia, ni ante Ethan, su verdadero hermano, aplastado por el peso de su propia culpa.
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