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Capítulo 1393:
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La voz de su hermano resonó con fuerza en su mente. «Yo no tengo un padre así».
Nunca habría imaginado que esas palabras salieran de él. Claudio, que había adorado a su padre desde la infancia. Claudio, que habría atravesado el fuego por él.
Kiley entrecerró los ojos. Había algo más profundo que la tensión superficial que había percibido. Una fractura, no un desacuerdo. Una verdad que nunca le habían contado.
Quizás necesitaba preguntarle directamente a su hermano. Después de todo, solo había fingido aceptar el papel de directora del Grupo Cooper. En su corazón, siempre había tenido la intención de devolvérselo a Claudius cuando fuera el momento adecuado.
Empezó a avanzar, con la intención de alcanzarlo y exigirle respuestas, pero el mundo que tenía delante estalló en caos. Las personas que habían entrado corriendo en el salón de banquetes ahora salían a toda prisa, aterrorizadas. Un segundo después, el humo brotó del interior, espeso y asfixiante, seguido de llamas que rugían hacia arriba, avivadas por el viento.
«¡Fuego! ¡Corred!». Las voces se dispersaron a su alrededor, frenéticas y crudas.
El viento azotaba su cabello y le golpeaba la cara, trayendo consigo el olor acre de los escombros quemados.
Kiley levantó la barbilla y, por un instante, las comisuras de su boca se curvaron levemente. El resultado no fue el que esperaba, pero Maia, de una forma u otra, había desaparecido entre las llamas.
Delante, Claudio se detuvo tambaleándose. Su rostro se quedó sin color. «Maia… ¿he llegado demasiado tarde?». Su voz se quebró, como una cuerda tensada en exceso.
Sus rodillas se doblaron y cayó al suelo con un ruido sordo.
Ante los atónitos ojos de Kiley, el pelo de sus sienes palideció y se volvió plateado. En cuestión de segundos, parecía diez años mayor, quizá más.
En ese momento, Claudius perdió por completo sus fuerzas. Miedo. Devastación. El colapso de todo lo que lo mantenía en pie.
Su visión se volvió borrosa, sumiéndose en la oscuridad. Su cuerpo se tambaleó y luego cayó de lado.
—¡Señor! —El líder del equipo se abalanzó sobre él y lo agarró con los brazos antes de que cayera al suelo.
Kiley se apresuró a acercarse, sin aliento. Las leyendas hablaban de amantes que envejecían de la noche a la mañana por un desengaño amoroso: viejas historias, ilusiones poéticas. Nunca reales. Nunca tan reales.
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Agarró el brazo del líder del equipo, con la voz temblorosa por la urgencia. —Dígame.
¿Qué le está pasando?».
«Son los efectos secundarios», dijo, con los ojos llenos de preocupación. «Tomó X-079 solo para llegar a tiempo. Cuando lo encontramos en las mazmorras de la finca Cooper, lo habían torturado hasta casi matarlo, estaba irreconocible. Apenas respiraba».
Las palabras resonaron en su cabeza, cada una de ellas tocando una fibra que no sabía que existía.
El jefe del equipo continuó, bajando la voz. —Me dijo que… si le pasaba algo, debía darle esto. —Sacó una memoria USB, pequeña y fría en la palma de su mano.
A Kiley se le cortó la respiración.
¿El calabozo de la finca Cooper? ¿Torturado? ¿Irreconocible?
Su voz no solo estaba temblorosa, sino que temblaba con el terror creciente de una verdad que nunca había sospechado. «¿Qué acabas de decir? ¿Qué mazmorra?».
El jefe del equipo le puso la memoria USB en la mano a Kiley. «Tu hermano ha estado encerrado en la mazmorra de la finca Cooper todo este tiempo. Nunca salió de Wront».
Kiley sintió que el suelo se le hundía bajo los pies. En ese instante, la imagen que siempre había tenido de su padre se desmoronó. Sus dedos temblaban mientras cogía la memoria USB. Levantó la vista hacia el hombre que tenía delante. «¿Aún hay alguna posibilidad de salvar a Claudius?».
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