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Capítulo 1377:
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«¡Por favor, mantengan la calma! ¡Restableceremos la electricidad en unos cinco minutos!», gritó el presentador, esforzándose por controlar el pánico creciente con su voz.
«¿Por qué se ha vuelto a cortar la electricidad?».
«Ese ruido de antes, ¿fue una avería en el sistema eléctrico?».
«No… más bien parecía como si algo hubiera explotado».
En medio del caos, Maia mantuvo la compostura, plenamente consciente de que Pattie y los demás estaban muy cerca de ella, incluso en el pasillo completamente a oscuras.
Mirando en dirección a sus voces, Maia dijo: «No se acerquen. Quienquiera que esté detrás de esto me persigue a mí, no a ustedes».
«Maia…», Pattie intentó acercarse a ella, con tono preocupado, pero se detuvo cuando unas manos fuertes la sujetaron.
La voz grave de Roland retumbó detrás de ella. «Haced lo que dice Maia. No corráis hacia ella sin pensar».
Las sombras se aferraban a las esquinas, pero un par de ojos seguían cada movimiento de Maia.
Jarrod permanecía en el pasillo, aunque parecía haberse marchado. Anhelaba el momento en que la vida de Maia se tambaleara.
Se había instalado en las sombras. Desde ese escondite, cada paso que daba Maia era visible.
Ni siquiera la oscuridad podía ocultarla de él. El tenue brillo de su ropa delataba su ubicación.
Un suave resplandor irradiaba de la figura de Maia, lo suficientemente sutil como para parecer accidental. La mayoría lo llamaría simplemente un truco de la tela, sin saber que era una trampa deliberada.
La venganza estaba al alcance de la mano. Todos los detalles se habían desarrollado a la perfección y, sin embargo, el triunfo se negaba a llegar.
Una vacuidad desconocida se apoderó del pecho de Jarrod. En lugar de la victoria, una extraña vacuidad lo invadió, carcomiéndolo en silencio.
Nadie sabía mejor que Jarrod que la familia Morgan era un fantasma, su antigua gloria para siempre fuera de su alcance, incluso si la sangre de Maia empapaba la tierra. Y sus padres, encerrados en su silencioso coma, nunca volverían a abrir los ojos.
Sin embargo, era precisamente su odio lo que lo había mantenido en pie todo este tiempo, como combustible alimentando un fuego furioso. Su mente daba vueltas con pensamientos, cálculos y dudas, una tormenta de emociones en la oscuridad.
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Era muy consciente de que, en las sombras, Cohen se estaba acercando cada vez más a Maia.
La muerte rondaba cerca.
En ese momento, el zumbido de un teléfono rompió la tensión.
El teléfono de Jarrod vibró violentamente. Lo sacó y se quedó paralizado al ver el identificador de llamadas.
Era el número de la sala de guardia del hospital.
¿Podría haberles pasado algo a sus padres?
—Hola… soy Jarrod Morgan —dijo con voz baja y cautelosa.
La voz de la enfermera sonó llena de emoción. —Sr. Morgan, tiene que venir al hospital inmediatamente.
Los dedos de Jarrod temblaban. —¿Qué… qué ha pasado? —preguntó nervioso.
—Su padre, Richard Morgan, ha recuperado la conciencia. Acaba de despertarse.
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