Resurgiendo de las cenizas. - Capítulo 1244
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Capítulo 1244:
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Durante un breve instante, se hizo el silencio, antes de que los murmullos volvieran a crecer.
El revuelo causado por Silas apenas se había calmado cuando apareció Hurst, acercándose abiertamente a ella de nuevo. Era imposible ignorar lo que eso implicaba. Los flashes de las cámaras disparaban sin cesar.
Hurst firmó el libro de visitas, echó un último vistazo a la escena y entró con paso firme.
Rosanna se quedó atrás, absorbiendo las conversaciones en voz baja a su alrededor, cuando un golpe repentino la sacó de sus pensamientos.
Se tambaleó hacia atrás con un grito ahogado, y su bolso casi se le resbaló de las manos.
Todo sucedió en un instante.
Rosanna, que había llegado antes, había disfrutado de la atención de los medios, mientras que Hurst, recién llegado, se movía con determinación, decidido a escapar de ella.
—Mis disculpas —dijo Hurst, con un tono seco y carente de calidez—. No esperaba que nadie se interpusiera en mi camino. Si está herida, póngase en contacto conmigo más tarde. Tengo que irme.
Aunque aparentemente cortés, sus palabras no transmitían ninguna amabilidad.
Rosanna se quedó paralizada, y el momento se prolongó de forma incómoda. Al salir de su aturdimiento, se frotó el brazo en el lugar donde le dolía.
Cuando volvió a levantar la vista, Hurst ya se había ido. Un murmullo de emoción recorrió la multitud.
Rosanna respiró hondo para calmarse y recuperó la compostura, volviendo a esbozar su sonrisa ensayada. No podía permitirse perder la compostura.
Los que habían presenciado el intercambio comenzaron a susurrar entre ellos.
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«¿Ves? Te dije que Hurst siente algo por Maia».
«Rosanna fingió ese choque».
«Baja la voz. Ahora es la señora Nelson».
«Eso no cambia nada. Todo el mundo recuerda su pasado».
«¿No la pillaron en la cama de Axell en su fiesta de cumpleaños?».
«Cállate. Te meterás en problemas si te oye».
«Tú eres el que está hablando alto. Ten cuidado, o la señora Nelson se enfadará mucho».
Los comentarios sarcásticos flotaban por el salón de baile como dardos envenenados, envueltos en risas y tonos educados.
La sonrisa de Rosanna vaciló, su brillo se desvaneció hasta que solo quedó un escalofrío en su mirada. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, no sentía más que una calma fría e inquebrantable. Hacía tiempo que había aprendido a no dejarse herir por esas charlas insignificantes.
Girando lentamente la cabeza, dirigió una mirada mesurada a las mujeres que cuchicheaban. Una leve sonrisa cómplice se dibujó en sus labios, afilada como una navaja oculta en terciopelo.
«Ese es mi talento», respondió con voz ligera pero cortante. «Quizás deberías ocuparte de tus propios asuntos. De lo contrario, puede que un día te despiertes y descubras que tus contratos se te han escapado silenciosamente».
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