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Capítulo 819:
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En cuanto se marchó, la actitud coqueta de la mujer desapareció, sustituida por una expresión serena.
En un instante, parecía una persona completamente diferente.
«Eres Nadia, ¿verdad? Robin ya me ha dado tu expediente», dijo, haciendo un gesto con la cabeza para que Nadia entrara.
En ese momento, Nadia ya estaba empezando a tener dudas. Empezaba a desear no haber aparecido nunca.
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Todo el lugar desprendía una energía negativa, como si ocultara algo bajo la superficie.
«¿Eres Brenda Harvey, por casualidad?», preguntó Nadia, con voz llena de incertidumbre.
La mujer soltó una risa ahogada. «Soy yo».
Aunque Nadia esperaba esa respuesta, al oírla se le hizo un nudo en el pecho.
Nadia se quedó paralizada, abrumada por lo diferente que era Brenda de la imagen que se había formado en su mente.
Le costaba aceptar que la mujer que tenía delante fuera la misma Brenda que en su día simbolizó la resiliencia y el triunfo.
En lugar de una figura legendaria, veía a alguien a quien los poderosos se pasaban de mano en mano. Una mujer reducida a un mero entretenimiento.
Todo en lo que Nadia creía parecía deslizarse entre sus dedos. Brenda, al percibir el cambio en su expresión, no se molestó en ofrecer una explicación. Solo esbozó una sonrisa lenta y enigmática.
«Entra. Tengo algo que mostrarte».
La invitación quedó en el aire, pero Nadia no se movió.
La duda se apoderó de ella mientras permanecía allí, cuestionándose todo. Esta mujer no se parecía en nada a la mentora que esperaba encontrar.
Al notar la vacilación, Brenda se detuvo en seco, dio media vuelta y cruzó los brazos. Sus ojos se clavaron en Nadia como si pudiera ver cada grieta en su compostura.
«No habrías venido hasta aquí a menos que quisieras algo: poder, ambición, tal vez ambas cosas. ¿De verdad vas a marcharte con las manos vacías?».
Nadia no lo había olvidado. Había venido a buscar a Brenda porque quería fuerza, la suficiente para aplastar a Maren y todo lo que ella representaba.
«Quiero ser más fuerte», dijo Nadia, con voz firme y convicción.
Brenda asintió con la cabeza, cambiando ligeramente el tono de su voz. «Entonces sígueme. Sigue mi camino, haz exactamente lo que te diga y te prometo que tu vida será mucho más prestigiosa de lo que es ahora».
Sin esperar una respuesta, Brenda entró en la habitación, dejando a Nadia atrás para que luchara con sus propios pensamientos.
Esa última palabra, «prestigiosa», no le cuadraba.
Todo lo que había oído antes de llegar describía a Brenda como una mujer de prestigio, alguien venerada. Pero lo que vio ante sus ojos estaba lejos de esa imagen. Graham, el hombre repulsivo, acababa de salir de la habitación de Brenda con un aire demasiado satisfecho de sí mismo.
Ni siquiera había intentado ocultar el hecho de que Brenda era solo un juguete. La forma en que la tocaba, la sonrisa de satisfacción en su rostro, era degradante.
Y, sin embargo, nadie se atrevía a faltarle el respeto a Brenda. Su posición allí, como mínimo, le confería autoridad.
Nadia se quedó en el umbral, incapaz de dar un paso adelante.
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