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Capítulo 1741:
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Era cierto. Como heredero legítimo, Lyle había crecido en la finca de los Ramos, rodeado de leales seguidores.
Blake, por el contrario, era un forastero, solo en territorio desconocido.
Hasta que se convirtiera oficialmente en el líder, Blake nunca se ganaría el respeto de Lyle.
«¡Cabrón!», pensó Blake furioso, pero se sintió impotente: no se atrevía a enfrentarse físicamente a Lyle.
Sin hacerle caso, Lyle hizo que su subordinado lo llevara en silla de ruedas pasando junto a Lena y Blake, deteniéndose ante Maren. «¿De verdad puedes curar a mi padre?», preguntó.
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«Lyle, no irás a dejar en serio que esta desconocida trate a nuestro padre, ¿verdad?», preguntó Lena con voz temblorosa, incrédula, pensando que se había vuelto loco.
Si no fuera así, ¿cómo podría confiar el cuidado de su padre a una desconocida?
«Como he dicho, ¿y si realmente puede curarlo?», repitió Lyle con calma.
«¿Y si? ¿Qué probabilidades hay? ¿No estás simplemente jugando con la vida de nuestro padre? ¿Y si algo sale mal y ella acaba poniéndolo en peligro?», preguntó Lena con voz temblorosa por la frustración, con la paciencia al límite ante el razonamiento temerario de Lyle.
Lyle ni siquiera se inmutó. Se encogió de hombros con indiferencia, como si aquella preocupación apenas mereciera su atención. «No me importa. No soy yo quien va a morir».
«¡Lyle! ¿Cómo puedes hablar así de nuestro padre?». Incluso la voz de Blake se quebró por la indignación, con la ira a punto de desbordarse.
La expresión de Lyle se mantuvo inflexible, indiferente. «No lo veo como mi padre. Nunca me trató como a un hijo. ¿Por qué debería importarme si muere?».
«¡Créeme, le voy a decir exactamente lo que acabas de decir!». Blake apretó los puños con fuerza, mientras la ira brotaba a la superficie.
La mirada de Lyle era firme, inquebrantable. «Adelante. De todos modos, está enfermo. Quizá muera. Entonces perderás tu derecho a la herencia. Eso me ahorraría la molestia de tener que lidiar contigo más adelante».
«Tú…» Blake estuvo a punto de ceder al impulso de golpear a Lyle, pero la imponente presencia de sus subordinados le obligó a contenerse.
Aunque Lyle estaba discapacitado y habría sido fácil dominarlo, la amenaza que representaban sus formidables guardaespaldas convertía cualquier ataque en un auténtico suicidio.
«Eres un cobarde, Blake. No te metas en mi camino. Sigo sin entender qué ve el viejo en ti. No tienes talento, y sin embargo te pavoneas como si fueras alguien especial», se burló Lyle, con un desdén que cortaba como una navaja. Perder ante Blake le resultaba sencillamente intolerable.
Haciendo caso omiso tanto de Blake como de Lena, Lyle se volvió hacia Maren. «Ven conmigo», dijo, con voz tranquila pero autoritaria.
«Gracias, señor Ramos», respondió Maren, siguiéndole sin dudar.
Notaba la tensión que flotaba en el aire y percibía el peso tácito de la ayuda que Lyle le había prestado antes.
Pero no la llevó a los aposentos del líder. En su lugar, la llevó a su propia habitación.
«Señor Ramos, ¿por qué me ha traído aquí?», preguntó Maren con cautela, escudriñándole con la mirada en busca de cualquier indicio de sus intenciones.
Desde que entraron, Lyle había permanecido en silencio, estudiándola con una expresión indescifrable.
No fue hasta que ella habló cuando él finalmente fijó su mirada penetrante en ella.
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