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Capítulo 1019:
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Cuando la primera luz del amanecer se coló por las ventanas, Maren ya los había visitado a todos.
La mañana se deslizó lentamente, trayendo consigo una tenue luz grisácea.
Herman dormía profundamente, envuelto en un sueño lleno de mujeres deslumbrantes. Fue entonces cuando un repentino y agudo escalofrío le pinchó el cuello y le obligó a despertarse.
«¿Por qué hace tanto frío?».
La frustración se reflejó en su rostro mientras levantaba la mano, ansioso por eliminar la fuente de su malestar.
Sus dedos tocaron metal frío. «¿Una daga?». La sorpresa se apoderó de él. Al instante, se despertó por completo, con el corazón latiendo como un tambor. «¿Cómo ha llegado esto aquí? ¡Que alguien venga aquí ahora mismo!».
El grito, desgarrado por el terror, resonó en la habitación.
Un guardia entró corriendo. «¿Qué ha pasado?».
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«¿Ha entrado alguien en mi habitación durante la noche?». Herman lo miró fijamente con desesperación. El sudor ya brillaba en su frente.
El hombre negó con la cabeza. «Nadie entró. Estuve apostado fuera todo el tiempo».
Herman miró al hombre con ira. «¡Eso no puede ser cierto!».
«Le prometo que estuve allí toda la noche y nadie entró en su habitación», respondió el guardia, intentando tranquilizarlo.
«Eso no tiene sentido». Los pensamientos de Herman daban vueltas. Si nadie había entrado, ¿de dónde había salido la daga?
Ordenó al guardia que se marchara y cerrara la puerta tras de sí. Una vez que la habitación quedó vacía, Herman se derrumbó sobre el colchón, paralizado por el terror.
Examinó el arma detenidamente y se dio cuenta de que nunca la había visto antes. La única explicación era escalofriante. Alguien se había colado en su habitación y había dejado la daga a propósito. Pero, ¿por qué motivo?
Se sentó muy erguido, y la realidad le golpeó con fuerza. Había estado a punto de perder la vida. Alguien había colocado esa daga y podría haber acabado con él mientras dormía. El hecho de que estuviera respirando aquella mañana le parecía pura suerte. Ni siquiera el guardia había notado nada extraño.
¿Qué quería exactamente el intruso? ¿Por qué lo había perdonado? ¿Y qué mensaje transmitía la daga?
Herman se inquietó y volvió a dar vueltas al arma entre sus manos una y otra vez. La idea de que un enemigo invisible se hubiera colado le inquietaba profundamente, pero aún no conseguía entenderlo.
«Un momento, ¿qué es eso?».
Un detalle peculiar le llamó la atención. Vio unas marcas tenues a lo largo de la empuñadura.
Apenas visibles, las escalofriantes inscripciones parecían brillar a la luz de la mañana.
«¡Aléjate del Soberano Inframundo o morirás!».
«¿Qué significa esto?», se estremeció Herman horrorizado. Su voz temblaba y la daga cayó al suelo con un ruido metálico.
Claramente, alguien quería enviar un mensaje contra el Soberano Inframundo. ¿Quién se atrevería a desafiarlos?
Una ola de pánico se apoderó de él. Se sentía atrapado en una pesadilla sin fin. Había considerado alinearse con el Soberano Inframundo, pero esta advertencia lo cambió todo.
Si un intruso podía colarse en su habitación sin ser detectado, también podría quitarle la vida con la misma facilidad. No veía ninguna razón para arriesgar su propia seguridad.
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