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Capítulo 1012:
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«¿De verdad es la primera vez que juegas a esto?».
Hyatt miró a Maren como si fuera una especie de monstruo. Todo parecía absurdo.
Ya había obtenido la puntuación más baja posible. Estadísticamente imbatible. Sin embargo, de alguna manera, Maren había realizado un movimiento tan ridículo que hacía que su propia derrota pareciera insignificante en comparación.
Y no solo Hyatt se quedó incrédulo. Nadia, Herman, Allison… todos se quedaron paralizados, con la boca ligeramente abierta y los ojos muy abiertos por la sorpresa. Nadie, ni siquiera en sus sueños más descabellados, había esperado que Maren convirtiera una derrota segura en una victoria asombrosa.
«De verdad que es la primera vez que juego. Supongo que solo he tenido suerte», dijo Maren con modestia, con un tono tan inocente como desarmante. Pero para los demás, esa humildad tenía un ligero toque de presunción. Y, sin embargo, nadie podía reprocharle nada.
Incluso Félix, que solía confiar en las habilidades de Maren con una fe inquebrantable, se encontró luchando por creer lo que acababa de presenciar.
No se trataba de la suposición afortunada de una novata. Ningún aficionado lograba una hazaña como esa. Una cosa era idear la estrategia. ¿Ejecutarla a la perfección? Eso era algo completamente diferente.
«Hyatt, ¿quieres seguir jugando?», preguntó Maren, con una voz extrañamente tranquila.
Cualquiera que fuera el motivo que había llevado a Hyatt a participar en el juego, ya fuera el aburrimiento, el orgullo o algún deseo velado de hacer que Maren bailara a su son, había desaparecido. Lo único que quedaba ahora era el orgullo. Un orgullo desnudo, herido y furioso.
Era un asesino temido internacionalmente, una leyenda en el mundo subterráneo soberano, un hombre cuyo nombre infundía miedo como una espada en la oscuridad, y sin embargo había sido derrotado por una mujer corriente en un juego de dados.
𝖱𝗈𝗆𝖺𝗇𝖼𝖾 𝗂𝗇𝗍𝖾𝗇𝗌𝗈 𝖾𝗇 𝗇𝗈𝗏𝖾𝗅𝖺𝗌𝟦𝖿𝖺𝗇.𝖼𝗈𝗆
Si esa noticia se filtrara, nunca se lo perdonarían. El ridículo sería insoportable.
Esta noche ya había arrastrado su ego por el barro. No tenía intención de dejar que se hundiera aún más. No con su nombre, su legado, pendiendo de un hilo.
Tenía que revertir la situación. Tenía que demostrar su valía. Tenía que ganar.
«¡Otra ronda! Cynthia, esta vez no te lo pondré fácil. Ten cuidado». Hyatt cogió los dados y el cubilete, y la brusquedad de sus movimientos delataba la presión que hervía bajo su fría fachada. «Veamos quién tiene la puntuación más alta esta vez».
Todos contuvieron la respiración mientras Hyatt agitaba enérgicamente los dados y golpeaba el cubilete contra la mesa. Con un movimiento lento, casi teatral, lo levantó. Tres seises. Dieciocho. La puntuación más alta posible.
Si se hubiera tratado de una partida por la puntuación más baja, Maren podría haber vuelto a hacer el mismo truco. ¿Pero una competición por la tirada más alta? Para eso no había ningún truco. Ningún ángulo que explotar.
«Te toca, Cynthia», dijo Hyatt, con palabras impregnadas de confianza, mientras deslizaba los dados por la mesa hacia ella. La expectativa tácita flotaba en el aire: esta vez fallaría.
Todos los ojos de la sala estaban fijos en ella, como si hubieran decidido colectivamente que este momento finalmente rompería su racha.
Este banquete se había organizado en honor a Hyatt. Una noche para celebrarlo. En cambio, se había convertido en un lento desmoronamiento de su compostura, y Maren era quien sostenía el hilo.
La expresión de Nadia se torció, la envidia curvó sus labios y tensó su mandíbula.
Ella no era tan ingenua como el resto. Hyatt se lo había confiado antes: este juego no se basaba en la suerte. Se basaba en el control, en la habilidad. Y si eso era cierto, entonces Maren no era una aficionada.
Hyatt también debía de haberse dado cuenta. Pero el orgullo le impedía admitirlo.
Porque si reconocía su talento, estaría admitiendo su derrota.
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