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Capítulo 262:
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Joslyn se puso en pie. Llevaba un par de zapatos de tacón de aguja a juego y, como ya casi nunca los llevaba, aún estaba recuperando el equilibrio. La puerta se abrió y bajó con cuidado las escaleras.
En el momento en que apareció bajo el pasadizo cubierto que conectaba el edificio principal con el jardín delantero, el bullicio del exterior pareció desvanecerse, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa. En ese breve instante de silencio, todas las miradas se dirigieron hacia ella.
Sorpresa, admiración, curiosidad… todo tipo de reacciones se reflejaron en los rostros de los invitados más veteranos de Agrax.
Junto a la ventana del salón, Connor se quedó completamente inmóvil, con la taza de café olvidada en la mano.
Su mirada se fijó en la figura luminosa que bajaba por la escalera.
Bajo el cálido resplandor de las lámparas de araña, el vestido blanco perla brillaba con una extravagancia contenida. Joslyn mantenía la barbilla ligeramente levantada, la línea de su cuello elegante, la espalda recta y un porte natural y sin esfuerzo. Avanzaba paso a paso —con calma, sin prisas—, mientras la cola del vestido se deslizaba tras ella como la superficie del agua.
El maquillaje pulido había despojado a su aspecto de ese aire fresco y discreto que solía tener, sustituyéndolo por algo deslumbrante, un poco distante y del que resultaba totalmente imposible apartar la mirada. Sus ojos, realzados por el cuidadoso delineado, parecían más brillantes de lo que él jamás los había visto.
Esta era su esposa. Y, sin embargo, no era la Joslyn que él conocía.
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Era la hija perdida de la familia Vance. Su preciada heredera. Una mujer a punto de ser presentada formalmente ante el mundo —alguien cuya mera presencia podía silenciar una sala y atraer las miradas de todos los hombres solteros presentes en ella.
Un impulso feroz, casi irracional, surgió en el pecho de Connor, espontáneo e imposible de reprimir.
Quería esconderla. Llevarla a algún lugar donde nadie más pudiera verla, desearla o atreverse a acercarse a ella.
Connor sintió el repentino impulso de cruzar la sala, plantarse delante de Joslyn, protegerla de todas las miradas insistentes y dejar muy claro a todos los presentes que ella era suya.
Pero al final, no se movió. Se quedó donde estaba, negándose a arruinar la que era, casi con toda seguridad, la noche más importante de su vida.
Irene y Doyle llegaron primero hasta ella.
Aquella noche, Irene llevaba un traje hecho a medida que parecía dominar todo el jardín con su mera presencia. Sin embargo, en el momento en que miró a Joslyn, el orgullo y la ternura de sus ojos lo suavizaron todo. Doyle estaba a su lado con un traje gris carbón oscuro: impecable, sereno y discretamente elegante junto a su hija.
«Queridos todos», dijo Irene, tomando la mano de Joslyn y conduciéndola hasta el estrado instalado en el centro del jardín. Su voz era pausada, pero llegaba sin esfuerzo a toda la multitud. «Gracias a todos por dedicar vuestro tiempo a acompañarnos esta noche. Me gustaría aprovechar esta ocasión para presentar oficialmente a la joven que está a mi lado. Es mi hija biológica, Joslyn».
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