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Capítulo 439:
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Observé a Carmela de cerca. Era mi peón, pero sentía curiosidad por ver cómo jugaría Beatriz esta última mano.
Beatriz se limpió la sangre de los ojos. Necesitaba que Carmela sobreviviera, que se quedara en esta casa y cuidara de Bianca cuando ella ya no estuviera. «Carmela no sabía nada», espetó Beatrice, con un tono que rezumaba condescendencia. «Es demasiado estúpida para esas cosas».
Para reforzar su mentira, Beatrice reveló una última y espantosa verdad. «La única que me vio con el frasco fue esa torpe criada, Lucía. Así que hice que se diera un chapuzón en el río Chicago. Un ahogamiento tan trágico».
Mi visión periférica captó la reacción de Carmela. Al mencionar el asesinato de su hermana Lucía, todo el cuerpo de Carmela se estremeció como si le hubiera alcanzado un rayo. Sus manos se aferraron al delantal con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron completamente blancos. Mantuvo la cabeza gacha, ocultando el odio asesino que debía de estar ardiendo en sus ojos. Beatrice le había salvado la vida a Carmela, pero al hacerlo, sin saberlo, había consolidado la lealtad absoluta de la criada a mi causa.
La verdad había salido a la luz. El hedor a sangre y traición flotaba denso en el Gran Salón de Baile. Observé los pedazos rotos de la familia Carlson, deteniendo brevemente la mirada en la figura silenciosa y con los ojos llorosos de mi medio hermano, Thomas, de pie en las sombras.
El interrogatorio había terminado. Era hora de que la Reina dictara sentencia.
Punto de vista de Isabella Moreno
El Gran Salón de Baile era un cementerio de cristal destrozado e ilusiones rotas. Beatrice estaba arrodillada en medio de los escombros, con la sangre goteando de su frente sobre el frío suelo de mármol. Los sollozos silenciosos y patéticos de Bianca eran el único sonido que se atrevía a romper el silencio asfixiante.
Di un paso al frente, con la voz resonando fría y absoluta. «Divórciate de ella».
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Joseph se estremeció como si le hubiera golpeado. «Isabella, sé razonable», suplicó, con la mirada lanzándose nerviosamente hacia la imponente sombra de mi marido. «Podemos enviarla a la finca del norte. Un exilio tranquilo bajo fuerte vigilancia. Un divorcio público arrastrará el nombre de los Carlson por el barro».
«Tu nombre ya está por los suelos, padre», dije con frialdad. «Quiero que se le quite tu apellido, tu protección y tu fortuna. Será expulsada».
«Joseph». La voz de Eleanor resonó como un latigazo. Mi abuela no miraba a su hijo; su mirada aterrorizada se fijaba por completo en Damien. Damien no había dicho ni una sola palabra, pero la promesa de una Vendetta de los Moreno irradiaba de cada uno de sus respiros. Eleanor sabía que si no me entregaba la cabeza de Beatrice, Damien se llevaría la de toda la familia. «Redactarás los papeles del divorcio. Esta noche. Ella es una enfermedad que ha infectado nuestro onore. Córtala».
—¡Abuela, por favor! —suplicó Connor, dando un paso al frente, pero Eleanor lo silenció con una mirada feroz y agotada.
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