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Capítulo 413:
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«Entonces es el tipo de hombre que traicionaría a sus socios en cuanto cambie el viento», concluí.
Alessia apretó su bolso, con una nueva determinación endureciéndose en sus ojos. «Tengo que detener ese trato. No permitiré que los Falcone se vinculen a una serpiente fratricida».
Me recosté en el asiento de cuero y observé cómo los arces otoñales se difuminaban tras la ventana. La familia Rossi era un castillo de naipes a la espera de una sola ráfaga de viento… y acabábamos de encontrar al hombre que sabía exactamente dónde soplar.
Punto de vista de Isabella Moreno
Las puertas de hierro forjado de la finca Moreno se cerraron con un silbido detrás de nosotros: un punto final metálico a una noche desangrada por los secretos. Mientras Damien me guiaba hacia el pórtico principal, la luz de la luna se posó en los ángulos marcados de su perfil y le hizo parecer menos un hombre y más una estatua de un dios vengativo.
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Cerca de las imponentes columnas de mármol, dos sombras se demoraban. Sofía Moreno, la reina viuda, estaba de pie junto a su compañera de siempre, Angelina. Sofía era el arquetipo de una matriarca de la mafia: elegante, letal y ferozmente protectora del linaje que había pasado décadas fortaleciendo. Angelina, su colaboradora de mayor confianza, permanecía un paso atrás: una caja fuerte silenciosa para las verdades más oscuras de la familia.
Sentí que la mirada de Sofía se posaba sobre nosotros. No era la mirada fría y calculadora que reservaba para sus enemigos. Era algo más suave, pero más intenso. Damien se detuvo y llevó la mano a mi hombro para apartar una hoja suelta arrastrada por el viento otoñal —un gesto fugaz, casi descuidado—. Pero en el mundo de la Cosa Nostra, tal ternura por parte de un Don era una confesión. Me tomó de la mano, rozando mis nudillos con el pulgar mientras subíamos los escalones.
«La mira como si fuera lo único que ve», oí susurrar a Sofía a Angelina al pasar al vestíbulo. Su voz denotaba un orgullo agridulce. «Nunca lo había visto así».
Pero cuando las pesadas puertas de roble comenzaron a cerrarse tras nosotros, su voz bajó un tono, cargada de algo que me oprimió el pecho. «Pero, ¿qué es un reino sin un heredero? ¿Un verdadero heredero de su sangre?».
El silencio que siguió por parte de Angelina fue más elocuente que cualquier respuesta. Era un recordatorio del fantasma que acechaba estos pasillos: el susurro de un legado roto, un Don que podía gobernar una ciudad pero no sembrar un futuro. Sentí que el agarre de Damien se tensaba casi imperceptiblemente antes de que me guiara hacia nuestro ala privada.
Arriba, la atmósfera cambió: del frío peso de la dinastía al calor sofocante del hombre a mi lado.
Me acomodé en el sofá de terciopelo de nuestro dormitorio y saqué los libros de contabilidad de la fundación benéfica de la familia. Era mi escudo y mi deber; como Reina, necesitaba controlar el flujo de nuestro dinero limpio con la misma precisión con la que Damien controlaba la oscuridad.
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