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Capítulo 295:
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«¡Suéltala!», gritó Elara, apuntando con su arma a la cabeza de mi captor. Clara se colocó a su lado en un instante, con la mira firme.
Desde las sombras de la pasarela arqueada, aparecieron cuatro soldados de Moreno, con las metralletas en alto. Se quedaron paralizados en cuanto vieron a quién tenían en la línea de fuego.
«¡Atrás!», rugió el hombre detrás de mí, apretando con más fuerza mi tráquea. Jadeé, arañándole el brazo inútilmente. «Un paso más y pintaré esta estatua sagrada con sus sesos».
Mi corazón latía con fuerza contra las costillas. Conocía a este hombre de oídas. Rocco Vella: le llamaban el Fantasma. Un legendario ejecutor de la familia Falcone en Nueva York, un hombre especializado en hacer desaparecer los problemas. Ahora estaba desesperado, acorralado en territorio Moreno sin salida.
«No tienes adónde ir, Vella», gruñó uno de los soldados de Moreno, aunque no se atrevió a avanzar.
«Tengo un billete de salida justo aquí», se burló Rocco, señalándome con la cabeza. La pistola se me clavaba dolorosamente en la sien. «A menos que quieras explicarle a tu jefe por qué su mujer está muerta».
El miedo —frío, agudo y absoluto— atravesó mi entumecimiento anterior. No podía morir aquí. No cuando por fin sabía la verdad. No cuando el asesino de mi madre aún respiraba.
Entonces la temperatura en el jardín bajó diez grados.
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Los soldados se apartaron. Una figura emergió de la oscuridad del pasillo, moviéndose con una quietud depredadora que era mucho más aterradora que la agresividad frenética de Rocco.
Damien Moreno.
Llevaba un traje negro que se fundía con la noche, su rostro una máscara de calma letal. Pero sus ojos —esos ojos oscuros, profundos como un abismo— ardían con una violencia que prometía el fin del mundo. No miró a sus soldados. No miró la pistola que me apuntaba a la cabeza. Miró directamente a Rocco Vella.
«Suéltala».
La orden fue poco más que un susurro. Tenía el peso de una sentencia de muerte.
«¡Don! ¡Salva a la Reina!», gritó Clara, con la voz quebrada.
Rocco se rió —un sonido entrecortado y nervioso— y me apretó con más fuerza, utilizando mi cuerpo como escudo contra el monstruo que caminaba con paso firme hacia él.
«Ven a por ella, Don», se burló Rocco.
Miré a Damien, conteniendo el aliento. En sus ojos vi el reflejo de mi propio terror —y, bajo él, la promesa de un derramamiento de sangre que mancharía este suelo sagrado durante generaciones.
Punto de vista de Isabella Moreno
El cañón de la pistola se hundió más profundamente en mi sien —un círculo de muerte frío e implacable—. A mis espaldas, el pecho de Rocco Vella se agitaba, y su aliento apestaba a tabaco rancio y miedo. Pero era el hombre que se alzaba ante nosotros quien absorbía todo el oxígeno del jardín.
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