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Capítulo 196:
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Clara entró en silencio, llevando una bandeja de plata con una cafetera recién hecha de espresso. Tenía los ojos enrojecidos, y su habitual compostura estoica había dado paso a una máscara de indignación latente. Llevaba conmigo desde que cayó la finca Carlson, testigo de cada herida en mi alma.
—No ha tocado el té de anoche, signora —murmuró, dejando la bandeja sobre la mesa con un tintineo seco. Me miró, bajando la voz hasta convertirla en un susurro feroz—. No tenía derecho. Tratar a la reina de esta casa como a una simple intrusa… es una deshonra.
Me miré en el reflejo de la plata pulida de la cafetera. Mi piel estaba pálida, las ojeras bajo mis ojos testimonio de una noche pasada luchando contra fantasmas. «Damien es el Don, Clara. Tiene derechos que no puedo cuestionar».
«¡Pero tú eres su esposa!», se quebró la voz de Clara. «Has aportado dignidad a este apellido. Has permanecido a su lado cuando las otras familias murmuraban. Te debe la verdad, no el dorso de su mano».
Alargué la mano hacia el espresso, con los dedos firmes a pesar del vacío que me oprimía el pecho. «No me debe nada más que el apellido Moreno y la protección que conlleva». Di un sorbo; el líquido amargo me quemó la garganta. «Debemos tener cuidado de no confundir un matrimonio de sangre con un matrimonio de corazones, Clara. No me casé con Damien por un cuento de hadas. Me casé con él por un patto di potere».
Clara me miró fijamente, con el ceño fruncido. «No lo dices en serio».
«Tengo que decirlo en serio», dije, sorprendida por la frialdad de mi propia voz. Me levanté y alisé la seda de mi bata esmeralda. «Damien Moreno es un hombre construido sobre secretos y violencia. Si tiene un fantasma en su cámara acorazada, que se quede allí. Esa mujer —esa pasión siciliana que él guarda con tanta fiereza— probablemente sea una víctima de alguna vieja vendetta. Es huesos y cenizas, Clara. Yo soy la que firma los libros de cuentas. Yo soy la que recibe a las esposas de los capos. Yo soy la que lleva el peso de su corona.»
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Me acerqué a la ventana y contemplé la extensa finca. El imperio Moreno era vasto, construido sobre las ruinas de hombres que se creían intocables. No permitiría que una joya me convirtiera en una ruina más.
«Un fantasma no puede desafiar a una reina viva», dije, más para mí misma que para ella. «Su historia es una tragedia que terminó en el polvo del viejo país. La mía es una crónica que apenas está comenzando. No dejaré que un recuerdo me deje de lado».
Clara suspiró, aunque parecía algo apaciguada por mi determinación. «¿Qué quiere que haga, signora?».
«Llama al estilista», ordené, volviéndome con una sonrisa aguda y ensayada. «La ciudad murmura sobre la tensión en esta casa. Creen que los Moreno se están fracturando. Tenemos que recordarles quién gobierna la Organización».
«¿La gala benéfica?», preguntó Clara.
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