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Capítulo 945:
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Enfurecido por la orden, Zayden se estremeció.
La idea del encarcelamiento era insoportable. Cuando el guardia blandió su porra hacia él, Zayden se resistió.
Habiendo pasado años trabajando en la granja, era lo bastante fuerte como para resistir un golpe e incluso agarrar rápidamente el bastón.
Agitó el bastón salvajemente, apretando los dientes, y gritó: «¡Atrás! He participado en un caso de asesinato, ¡y no tengo miedo de actuar!». Los guardias, no preparados para semejante agresión, intercambiaron miradas preocupadas. Con la porra en el feroz agarre de Zayden, no tuvieron más remedio que pedir ayuda adicional.
«¡Ustedes dos están en serios problemas ahora! Lo que empezó como un pequeño asunto se ha convertido en un gran problema». Uno de los guardias lanzó una advertencia mientras pedía refuerzos.
En ese momento, la puerta se abrió bruscamente.
Al ver cómo se desarrollaba la situación dentro de la habitación, Samuel reaccionó con rapidez, avanzando y asestando una potente patada.
Su pie golpeó el pecho de Zayden con precisión, lanzándolo contra la pared antes de que tuviera oportunidad de reaccionar. Zayden lanzó un grito desgarrador.
«¡Ah! ¡Mis huesos! ¡Mis huesos están rotos!»
Wrenley se apresuró a llegar a su lado, con expresión de preocupación.
«¿Estás bien? ¿Qué hueso te rompiste?» En ese momento, Zayden era su pilar.
Sin él, Wrenley dudaba de su capacidad para enfrentarse a los retos que tenía por delante.
Apretó los dientes y miró a Samuel con intensa furia.
«¿Quién es usted? ¿Te das cuenta de que la agresión es un delito?»
La expresión de Samuel era fría, su presencia recordaba a la de Vincent, aunque ligeramente menos intimidante.
Sin embargo, era suficiente para inquietar a Wrenley.
«Vuelve a hablar y le rompo la pierna», siseó Samuel.
Su mirada severa permaneció fija en Zayden, que seguía aullando de agonía, mientras gritaba: «¡Silencio!».
Zayden se detuvo bruscamente, abrumado por el dolor.
Había subestimado a Samuel, considerándolo poco amenazador.
Sin embargo, sin siquiera agarrar el atuendo de Samuel, se encontró con dos costillas fracturadas.
Los guardias de seguridad se quedaron atónitos.
Uno murmuró en voz baja: «¿Era el refuerzo que llamaste? Esa patada fue fenomenal».
El otro, aún con el teléfono en la mano, respondió confuso: «No, ni siquiera le conozco».
Samuel se había dirigido directamente al hospital tras regresar de las sinuosas carreteras de montaña.
Vincent, siempre un paso por delante, había adivinado que la seguridad del hospital podría ser inadecuada e hizo que Samuel se mantuviera a la espera.
Fue un mensaje reciente de Vincent lo que había impulsado a Samuel.
Samuel dio instrucciones a los guardias: «Ocupaos del resto como debáis».
Una vez terminada la tarea, Samuel estaba listo para volver a casa y descansar.
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