✨ Martes y viernes nuevos capítulos y estrenos
💬 Únete a la comunidad en WhatsApp & Telegram!
Si te está gustando la lectura, me ayudarías mucho compartiendo la web 🌟
Capítulo 569:
🍙 🍙 🍙 🍙 🍙
Las palabras de Vincent cayeron como fuertes golpes, cada uno espesando el aire con tensión.
Holden sintió la fría mirada del hombre clavada en él, una presión que parecía exprimirle el aliento de los pulmones.
Respiró hondo, con la mandíbula apretada, tratando de mantener la compostura, aunque su cuerpo traicionara su calma.
«Eres tú quien tiene que irse», dijo Holden, con voz baja y cortante. «Poseo acciones de esta empresa y tengo la carta de autorización de papá. Si hay alguna duda sobre quién es el director general legítimo, podemos resolverlo con el voto de los accionistas.»
La mirada de Katelyn se desvió hacia los accionistas, que permanecían sentados rígidamente, como congelados en su sitio.
El miedo era evidente en sus rostros, los ojos se movían nerviosos, y Katelyn no podía evitar la sensación de que algo siniestro se estaba gestando bajo la superficie.
Mientras observaba sus expresiones ansiosas, surgió un pensamiento inquietante: Holden debía tener influencia sobre ellos, algo lo bastante poderoso como para mantenerlos sumisos.
Entonces lo oyó: un tic-tac silencioso y constante, como el sonido de un reloj, cuyo ritmo le produjo un escalofrío.
No había ningún reloj a la vista, pero el tic-tac resonaba a su alrededor, más fuerte de lo que debería ser cualquier reloj.
¿Qué era ese ruido tan extraño?
Antes de que Katelyn pudiera entenderlo, Holden se levantó de repente y su voz atravesó la habitación.
«Poseo el treinta por ciento de las acciones de la empresa», dijo, cada palabra fuerte y clara. «Y tengo la carta de autorización. Todos los accionistas están presentes. Si quieren votar sobre quién debe ser el nuevo director general, levanten la mano».
Vincent sólo poseía el cuarenta y cinco por ciento de las acciones.
En los dos meses que había estado lejos de Granville,
Evidentemente, Holden había gastado una fortuna en reunir más acciones de otras partes interesadas.
Cuando las palabras de Holden quedaron suspendidas en el aire, un tenso movimiento recorrió a los accionistas. Se pusieron rígidos, plenamente conscientes del peso de lo que acababa de declarar.
Katelyn observó atentamente a los accionistas, en busca de cualquier señal que pudiera revelar lo que realmente estaba ocurriendo. En el aire flotaba una sensación inquietante, pero no sabía por qué.
Holden golpeó la mesa con los dedos, y una tensión cargada llenó la habitación, haciendo aún más palpable el malestar.
Con cada movimiento calculado que hacía, su miedo parecía aumentar.
Su presencia les hizo retroceder, atrapados en un agarre silencioso.
Katelyn permaneció callada, mientras su mente se apresuraba a reconstruir la situación.
Estos accionistas ya se habían enfrentado antes a muchos retos; no se dejaban intimidar fácilmente.
Incluso si estaban siendo chantajeados, ¿por qué parecían tan completamente aterrorizados? Simplemente no parecía correcto.
La sonrisa de Holden se extendió por su rostro, fría e inquietante, mientras declaraba: «Cada voto que emitan marcará el futuro del Grupo Adams. Piénsenlo bien. No tomes una decisión de la que puedas arrepentirte después».
La sala quedó envuelta en el silencio; los accionistas permanecieron sentados, paralizados por el momento.
Vincent se acercó a Holden con pasos lentos y medidos, con la mirada fija en él.
En un instante, dio una fuerte patada a Holden, el sonido agudo y discordante.
La silla salió volando hacia atrás y Holden cayó al suelo, con su sonrisa de confianza sustituida por pura ira.
«Vincent, ¿cómo te atreves a pegarme?» gritó Holden, con la incredulidad temblando en su voz.
«Pronto lo entenderás», respondió Vincent con frialdad. «Pero antes, si vas a convocar una junta de accionistas, tienes que dejar libre mi asiento».
De pie junto a Holden, Vincent frunció el ceño, como si estuviera mirando a alguien ya derrotado.
La feroz determinación en los ojos de Vincent drenó la lucha de Holden, el miedo bañando sus rasgos. Holden se detuvo, sintiendo que la intensa mirada de Vincent se clavaba en él. ¿Podría estar equivocada la información que había recibido?
Vincent no parecía débil ni vulnerable, como Holden había supuesto, sino fuerte y sereno, totalmente dueño del momento.
Pero fue la mirada fría e inflexible de Vincent la que hizo que Holden se arrepintiera de haberle provocado.
Pero ya no había salida.
Katelyn intervino rápidamente y colocó una silla nueva donde se había caído la vieja.
«Coge ésta. Esa silla ya no te vale», dijo con firmeza.
Holden se sentó en el suelo, momentáneamente sorprendido por su rápida acción.
Vincent volvió a sentarse en la silla, tranquilo y confiado, con su presencia dominando la habitación.
Ese tipo de autoridad no podía forzarse ni fingirse.
Era fruto de toda una vida de herencia y poder, algo que llevaba años construir, no algo que pudiera crearse en un instante.
Durante años, Holden había permanecido oculto a la vista de su padre, protegido del formidable abuelo de Vincent. Sólo tras la muerte del anciano tuvo por fin el valor de salir del armario.
La descripción que Katelyn hizo de él como una rata sonaba inquietantemente cierta.
Con un gruñido, Holden se levantó del suelo y miró a los accionistas, ninguno de los cuales le ofreció ayuda.
Miró fijamente a todos los presentes, con una expresión de rabia que se hundía.
«Que empiece la votación», anunció, con voz firme. «Es hora de decidir quién será el nuevo Director General». En cuanto terminó, las manos se alzaron en la sala. Katelyn y los demás permanecieron en silencio, incapaces de asimilar lo que estaba ocurriendo.
.
.
.