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Capítulo 1562:
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Al llegar a lo alto de las escaleras, vio a la mujer sentada en la cama, acunando con ternura al niño falso y tarareando suavemente una canción de cuna. Emanaba un aura de extraordinaria dulzura.
Pero en cuanto se percató de la presencia del rey, su rostro se contorsionó de terror. Apretó con fuerza contra su pecho al «niño» —una almohada— y retrocedió hasta que su espalda quedó pegada a la pared. «¡No te acerques, no, no!».
Sus gritos resonaron en la habitación, agudos y desesperados, como si sus llantos pudieran ahuyentar al rey.
Sin embargo, el rey permaneció inmóvil, con la mirada helada mientras observaba a la mujer. «Te lo he dado todo durante todos estos años y sigues siendo tan fría. ¿Cuándo reconocerás mi bondad?». Una pizca de angustia se escondía bajo su exterior gélido, aunque permanecía profundamente oculta, casi imperceptible.
La mujer no respondió. En su lugar, comenzó a lanzarle al rey todo lo que tenía a su alcance, desesperada por expulsarlo de su presencia.
Los ojos de la mujer se abrieron de par en par con terror mientras gritaba: «¡Socorro! ¡El asesino está aquí! ¡Fuera!». Lanzó un objeto tras otro, cada uno de los cuales aterrizaba cerca de los pies del rey.
Pero tras años de encarcelarla, el rey se había acostumbrado a sus arrebatos. Ninguno de los objetos que lanzó era duro, solo peluches y cojines blandos, por lo que el rey salió ileso.
En el pasado, sus ataques frenéticos le habían provocado lesiones autoinfligidas, lo que llevó al rey a ordenar que se retiraran todos los objetos duros para asegurarse de que no pudiera hacerse daño durante sus rabietas.
Su expresión se ensombreció. Su voz cortó el aire como una navaja. «Sigue así y mataré a tu hijo».
Sus palabras la golpearon como un rayo. Se quedó paralizada al instante, el fuego de sus ojos se apagó por el terror. Los objetos que tenía en las manos se le resbalaron y cayeron al suelo sin fuerza. Apretó los dedos alrededor de la almohada que sostenía, como si fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad, su último y desesperado salvavidas. Se negó a soltarla.
Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras temblaba, y su voz era un susurro desesperado. —No, no le hagas daño a mi hijo. Por favor… mi hijo es inocente. Cuanto más suplicaba, más se retorcía su rostro de angustia.
Pero el rey permaneció impasible. Su paciencia se agotaba mientras gritaba: —¿Quién ha estado aquí hoy?
La mujer dudó un instante. Abrió los labios como para responder, pero rápidamente los cerró y negó con la cabeza violentamente. «¡Eres un hombre malo! ¡Vete! ¡No quiero verte! ¡No le hagas daño a mi hijo!». Sus palabras eran inconexas, sus pensamientos confusos e incoherentes.
El rey la observó con los ojos entrecerrados. Estaba claro que hoy no obtendría nada útil de ella. Exhalando lentamente, le dirigió una última mirada antes de darse la vuelta.
Su mirada recorrió la habitación, pero no había rastro de ningún intruso. Frunció el ceño. «¿Es posible que no haya venido nadie?», se preguntó. Sin embargo, la falsa alarma de incendio había sido demasiado inesperada como para ignorarla. ¿De verdad no había habido ninguna interferencia externa?
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