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Capítulo 941:
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Dayana luchó contra el agarre de Jenifer. «¿Qué quieres?».
«Has ensombrecido mi felicidad. Es justo que te devuelva el favor».
«¿Qué he hecho para merecer esto?».
«¡Tu afecto por Michael es el problema!».
A pesar de los desesperados intentos de Dayana por levantarse, la implacable presión de Jenifer la mantenía inmovilizada.
Jadeando en busca de aire, yacía derrotada. «¿Qué demonios quieres?».
«Emma me dio una lección ayer por tu culpa. ¡Hoy te toca a ti!».
Con eso, Jenifer se levantó y le dio una rápida patada antes de que Dayana pudiera siquiera ponerse de pie.
Dayana se acurrucó, retorciéndose mientras los golpes llovían sobre su abdomen y espalda, cuatro veces en rápida sucesión.
«Emma me abofeteó dos veces, ahora te estoy devolviendo el doble».
«¡Estás loca!».
«¡Tú me has empujado a esto!».
Los ojos de Jenifer ardían de furia, pero la lluvia de patadas no bastaba para saciar su sed de venganza.
Reanudó su brutal agresión, pateando y pisoteando con implacable ferocidad.
Solo cuando la figura que yacía debajo de ella dejó de moverse, se detuvo, jadeando en busca de aire.
Se agachó y tocó burlonamente la mejilla de Dayana para revelar un cuadro sombrío: un hilo de sangre en la comisura de la boca, los ojos cerrados, Dayana inconsciente.
Jenifer se levantó y respiró hondo para calmarse. Con una última patada despectiva, se dio la vuelta y se marchó.
Este último acto despertó un destello de conciencia en Dayana. A través de su visión borrosa, captó la silueta de Jenifer alejándose.
Reuniendo las últimas reservas de fuerza, metió la mano en el bolsillo y buscó a tientas su teléfono.
Su visión estaba demasiado nublada para ver la pantalla con claridad, así que marcó a ciegas.
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Cuando el teléfono comenzó a sonar al otro lado, la oscuridad se apoderó de ella y sucumbió al olvido.
«Buenos días, señorita Todd».
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Travis. Estaba disfrutando de su desayuno cuando la llamada de Dayana le alegró el día.
Pero cuando sus palabras se desvanecieron en el silencio, Dayana no respondió.
«¿Señorita Todd?
¿Me oye?
¡Vamos, diga algo!
Dayana permaneció en silencio.
Los minutos pasaban y el silencio en la línea se hacía cada vez más pesado.
Con un clic decisivo, Travis terminó la llamada y volvió a marcar el número de Dayana.
El teléfono sonó insistentemente antes de que finalmente se conectara, pero no fue Dayana quien respondió.
«Hay una joven aquí. Parece herida. ¿Es usted un familiar o un amigo?».
Una voz anciana crepitaba a través del altavoz.
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