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Capítulo 919:
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Ahora, mientras ella se preparaba para marcharse, una inesperada oleada de renuencia lo invadió.
Para Michael, Dayana no era solo otra enfermera.
Ella había estado allí cuando más necesitaba a alguien, y su presencia le había ayudado a mantener los pies en la tierra mientras luchaba por volver a la normalidad. A pesar de la fachada profesional, su tranquila paciencia y su cariño habían suavizado sus asperezas.
Todo le hacía sentir como si hubiera renacido.
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Dejó a un lado la muleta y la atrajo hacia sí en un firme abrazo.
Ella se quedó completamente atónita.
«Gracias», dijo él.
A ella se le cortó la respiración porque él la abrazaba con tanta fuerza.
«¡Michael, suéltame!».
Dayana se acurrucó un poco.
Al oír sus palabras, Michael la soltó y luego le hizo un gesto a Almeric para que fuera a buscar algo al estudio.
Unos instantes después, Almeric regresó con una bolsa de papel marrón, que Michael le entregó a Dayana.
«Toma», dijo.
Dentro había treinta mil dólares: el pago que le había prometido.
Dayana echó un vistazo a la bolsa y dudó. El orgullo y la necesidad libraban una batalla silenciosa en su interior. Al final, ganó la necesidad. Necesitaba el dinero para su medicación.
Tras una prolongada lucha, finalmente guardó la bolsa en su bolso, murmuró un silencioso «gracias» a Michael y se dio la vuelta para marcharse.
Sus movimientos lentos, su aspecto frágil y el hecho de que ni siquiera mirara atrás dejaron a Michael con una inesperada punzada de inquietud.
La vio subir al coche, con la mirada fija en el sedán mientras desaparecía por la calle. Con un suspiro, se agachó para recoger su muleta del suelo. Justo cuando estaba a punto de dirigirse al comedor, su mirada se topó con Jenifer, de pie en las escaleras.
Tenía el rostro pálido. Había bebido mucho la noche anterior, despidiendo a sus dos asistentes y a Nathan. Al final, había sido la última en quedarse en el salón privado.
Había vomitado hasta que no le quedó más que arcadas secas. La idea de que se fuera a casa sola le había carcomido la conciencia a Michael, así que la había llevado de vuelta y la había acomodado en una de las habitaciones de invitados.
Esperaba que durmiera hasta el mediodía, pero ahí estaba ella, despierta.
—Quería preguntarte anoche —comenzó ella mientras bajaba los escalones lentamente, con una mano presionada contra su cabeza dolorida—. ¿Quién era esa joven?
—¿Te refieres a Dayana?
—Sí.
—Es la prima de Ricky.
—Vino aquí temprano por la mañana a recoger su maleta. ¿Se alojaba aquí?
—Sí —respondió Michael. «Es enfermera del departamento de rehabilitación del Hospital General de Ecatin. Me estaba ayudando a recuperarme, así que la dejé quedarse aquí».
Jenifer se acercó a él. En sus ojos brillaba algo que podría haber sido sospecha o simplemente cansancio. «¿Cuánto tiempo se ha quedado?»
«Tres meses».
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