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Capítulo 900:
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Dayana asintió con la cabeza, sintiendo que su abrazo alrededor de su cintura se aflojaba ligeramente. Tras un momento de vacilación, se atrevió a volver a apoyar la cara contra su clavícula.
Michael no reaccionó; no se apartó.
Aliviada por su falta de resistencia, exhaló suavemente, aunque sus pensamientos seguían nublados.
Su mente divagó hacia Jenifer, la mujer a la que Michael parecía no poder olvidar, incluso en su ausencia.
—Michael.
El sonido de la voz de Dayana hizo que el pulso de Michael se acelerara inesperadamente.
Ella desprendía una fragancia suave y dulce, su cuerpo era delicado y flexible, su rostro encantadoramente inocente… Se sentía tan frágil y preciosa en sus brazos como un recién nacido.
Los latidos de su corazón se volvieron erráticos, tan fuertes que parecía que fueran a salirse de su pecho.
¿Por qué le hacía sentir así? Cuando Jenifer se había apoyado en sus brazos, nunca se había sentido tan inquieto.
Con Jenifer, siempre había sido algo natural.
Pero Dayana… Cuanto más se acercaba, más se desmoronaba su compostura.
—¿Qué pasa? —preguntó, ocultando su inquietud con una apariencia tranquila.
Dayana dudó. —¿Puedo…? ¿Como tú?
La idea era abrumadora y no pudo terminar la frase.
No tenía el valor necesario.
Michael nunca la aceptaría. Eso lo tenía claro.
Él seguía esperando a Jenifer y nunca la miraría de la misma manera.
—¿Puedo qué? —preguntó él con delicadeza.
Ella evitó su mirada. —¿Puedo descansar un poco junto a ti?
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—Adelante. Duerme.
Cerró los ojos e intentó parecer tranquila, aunque su corazón latía sin control.
La cercanía entre ellos era casi insoportable. Nunca había estado tan cerca de un hombre, con sus cuerpos casi tocándose.
Aunque nunca se había enamorado antes, Dayana tenía una cosa clara: se había enamorado de Michael. Profundamente.
Sin embargo, saber que Jenifer aún ocupaba su corazón la dejaba en conflicto.
A pesar de sus limitaciones físicas, Michael había acudido personalmente a rescatarla. Por eso, ella le estaba infinitamente agradecida.
Lo menos que podía hacer era ayudarlo a recuperarse rápidamente para que, cuando Jenifer regresara, Michael pudiera estar frente a ella, sobre sus propios pies.
Al pensar en todo esto, Dayana no pudo evitar sentir una creciente sensación de inquietud.
Sentía un dolor sordo en el corazón.
Respiró hondo, tratando de relajarse.
En el camino de regreso, el silencio entre Dayana y Michael era palpable. El zumbido del motor del coche y el débil sonido de los neumáticos contra el asfalto eran los únicos ruidos que llenaban el aire.
Media hora más tarde, el coche entró suavemente en la urbanización cerrada y se detuvo silenciosamente en el jardín de la villa de Michael.
Almeric fue el primero en salir del coche. Abrió la puerta y colocó la tabla antideslizante. Luego, volvió a subir al coche y empujó lentamente la silla de ruedas hacia fuera.
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