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Capítulo 816:
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«Bueno, esta es la situación», comenzó el director, recostándose en su silla. «El Sr. Davies se ha puesto en contacto personalmente con el director del hospital. Ya no le apetece ir y venir. Como tiene todo el equipo necesario en casa, ha solicitado que tú seas su terapeuta privada».
Dayana arqueó ligeramente las cejas, sorprendida. «¿Quiere que trabaje en su casa?».
«Solo temporalmente», explicó el director.
«¿Es apropiado ofrecerle este tipo de trato especial?».
El director se encogió de hombros. «A los ricos les encantan sus privilegios. El director del hospital ya lo ha aprobado. No te preocupes, tu salario seguirá siendo el mismo».
«¿Tengo la opción de rechazarlo?».
«Me temo que no. El Sr. Davies te ha solicitado específicamente a ti».
La expresión de Dayana se tensó con evidente renuencia. No había previsto que Michael fuera tan perezoso como para ni siquiera acudir al hospital y esperaba que ella lo atendiera en su casa.
«Sé que es difícil de manejar, pero solo son tres meses. Aguanta y habrá pasado antes de que te des cuenta», dijo el director con voz suave pero persistente, como un padre que persuade a un niño terco.
Dayana suspiró. —Está bien, pero solo tres meses.
—Bien. Ya ha dispuesto que alguien la recoja. La están esperando fuera. Puede irse ahora.
Dayana asintió con la cabeza, se levantó y salió de la oficina. Se cambió a ropa informal en el vestuario, se colgó el bolso al hombro y salió.
Aparcado frente a la entrada del hospital había un sedán azul reluciente, que brillaba bajo el sol. Un guardaespaldas vestido de negro esperaba con una postura rígida pero alerta: era Almeric, el guardaespaldas personal de Michael.
En cuanto ella apareció, Almeric se adelantó y abrió la puerta del coche con una eficiencia entrenada.
Ella se deslizó en el coche sin decir nada y permaneció en silencio durante todo el trayecto.
El trayecto terminó en la villa de Michael. Una vez dentro, llevaron a Dayana arriba, al estudio.
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Michael, vestido con ropa cómoda, descansaba en su silla de ruedas. Su palidez había mejorado y una leve sonrisa brillaba en sus ojos.
—¿Te quedas a pasar la noche o volverás mañana por la mañana? —preguntó con tono informal.
Dayana se quedó paralizada, momentáneamente atónita.
¿Pasar la noche?
¿Ser su terapeuta privada significaba que tenía que mudarse allí?
«Tú misma lo has dicho: los masajes por la mañana y por la noche dan los mejores resultados», comenzó Michael, con la mirada fija. «Eres competente, por eso te contraté. Será más sencillo si te quedas aquí. Ya te he preparado una habitación».
Los pensamientos de Dayana se sumieron en el silencio, sin encontrar las palabras adecuadas.
Intuyendo su vacilación, Michael añadió con suavidad: «He hablado con el director del hospital. Tu puesto está asegurado, tu salario intacto y te daré una compensación extra».
Dayana permaneció en silencio.
«Si necesitas algo más, solo tienes que pedirlo», continuó Michael con voz tranquila.
«¿Tengo que quedarme aquí?», preguntó Dayana vacilante.
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