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Capítulo 728:
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Un colega ya había reservado una sala de karaoke y, al llegar, no perdieron tiempo en pedir una caja de cerveza para continuar la velada.
Romina, que se sentía débil y somnolienta, encontró un rincón tranquilo de la sala y se desplomó en el sofá, con el cuerpo pesado por el cansancio.
El ruido de los demás cantando y jugando apenas le llegaba a los oídos mientras cerraba los ojos.
—¿Doctora Ramos? —Un suave golpecito en el hombro la sacó de su estado de somnolencia. Se sobresaltó y parpadeó al ver a Ainsworth a su lado, sosteniendo un vaso de agua.
—No eres muy bebedora, ¿eh? —preguntó Ainsworth con una sonrisa, con voz llena de diversión—. Unos sorbos y ya estás fuera de combate.
Le entregó el vaso de agua. —Pensé que lo necesitarías. Bébete todo, te sentará bien.
Romina tenía la garganta seca y ardiente, así que tomó el vaso con gratitud y se lo bebió de un trago, desesperada por encontrar alivio.
El ruido a su alrededor le parecía lejano: voces que subían y bajaban, el tintineo de los dados, risas que se extendían por la sala.
Le daba vueltas la cabeza y el mareo empeoraba. ¿Era el alcohol? Anhelaba escapar de ese mundo confuso y descansar, pero antes de que pudiera actuar, las manos de Ainsworth la agarraron y la atrajeron hacia él.
Su cabeza descansó torpemente sobre el muslo de él, cuya mano presionaba contra su hombro, manteniéndola en su sitio.
«Dra. Ramos, hemos bebido demasiado, ¿no?», gritó un hombre desde el otro lado de la sala, con tono burlón y juguetón.
La risa de Ainsworth retumbó sobre ella. —No aguanta muy bien el alcohol, ¿verdad?
—¡Apenas ha tomado un par de copas!
Las voces se difuminaron en un zumbido fuerte e indistinto.
El corazón de Romina se aceleró y un pánico agudo se apoderó de su pecho. Las risas y las charlas parecían estar a kilómetros de distancia, y el aire se llenó de una aterradora sensación.
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No era el alcohol lo que causaba esto, era el agua.
Sus extremidades se sentían pesadas, su cuerpo se debilitaba. Era incapaz de moverse, ya que la parálisis se apoderaba de ella.
Intentó gritar, pedir ayuda, pero no le salían las palabras.
El tiempo había pasado sin que se diera cuenta. La sala privada se había quedado en silencio, con solo una música suave y relajante de fondo.
«Dra. Ramos, ¿se encuentra mejor ahora?», preguntó una voz con delicadeza.
Una mano grande le dio una palmada tranquilizadora en el hombro a Romina. Parpadeó con fuerza, tratando de aclarar sus pensamientos. Aunque la confusión persistía, se sentía un poco mejor.
Entonces se dio cuenta de que todos los demás habían salido de la habitación, quedando solo ella y Ainsworth. Un escalofrío le recorrió la espalda y trató desesperadamente de ponerse de pie. Esta vez, Ainsworth no la obligó a sentarse, sino que la dejó levantarse.
Se estabilizó y alcanzó su bolso en el sofá. De repente, un par de manos la agarraron por la cintura por detrás, sobresaltándola.
«¡Ahh!», gritó Romina asustada.
«Dra. Ramos, no tenga miedo. Soy yo. Sabe, hace tiempo que me gusta», le susurró Ainsworth al oído.
Antes de que Romina pudiera reaccionar, la empujó con fuerza contra el sofá. Mareada y desorientada, jadeó cuando sus manos comenzaron a rasgarle la ropa.
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