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Capítulo 1562:
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Su rostro era impenetrable, imperturbable. El miedo ya no tenía poder sobre ella. Había pasado las últimas semanas entrenando sin descanso, con Elin a su lado, empujándola cada día un poco más.
La antigua sala de fisioterapia de la casa de Michael se había convertido en un pequeño gimnasio, equipado con una cinta de correr y un saco de boxeo. Los había utilizado a diario, perfeccionando su cuerpo y su determinación.
Atrapar a Patricia, por muy escasas que fueran las posibilidades, merecía la pena el riesgo.
—Dayana, no te precipites. Piénsalo bien —dijo Michael, con una tensión en la voz que delataba su inquietud.
Le cogió la mano como si fuera a perderla si la soltaba, con los ojos ensombrecidos por el temor—. No quiero que te pase nada. Enfrentarte a Patricia así es demasiado arriesgado.
Aunque hubiera recibido el entrenamiento de Elin, Patricia aún podría vencerla.
Patricia no había sido guardaespaldas por nada, y además era buena en ello.
Dayana bajó la mirada y se tocó el vientre, acariciando con los dedos el lugar que aún le dolía por la pérdida. —Ella mató a nuestro hijo. Quiero justicia. Y quiero ser yo quien ponga fin a esto.
—No puedes vencerla —murmuró Michael.
—Pero no estaré sola, ¿verdad? —respondió ella—. No dejarás que me pase nada.
—Creo en ti.
—Dayana…
—Sé que tienes miedo. —Le apretó la mano con suavidad y sonrió levemente—. Pero tendré cuidado. Y tal vez, solo tal vez, te sorprenda.
Todo ese entrenamiento con Elin no había sido en vano. Aunque no pudiera vencer a Patricia, estaba segura de que podría mantener su posición.
Al ver su disposición, Ricky no perdió tiempo y llamó a Adamson. Poco después, llegó un equipo de agentes vestidos de civil, equipados con dispositivos de vigilancia y rastreo.
Cada dispositivo se colocó cuidadosamente en las suelas de las botas de Dayana, tan bien escondido que nadie lo notaría a menos que las desmontaran.
Una vez probado y verificado el equipo, los agentes se marcharon sin decir palabra.
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Patricia era un fantasma en la oscuridad, silenciosa, a la espera. Nadie sabía cuándo actuaría. Lo único que podían hacer era tender la trampa y esperar a que mordiera el anzuelo.
«Volverás al hospital», dijo Ricky con voz tranquila. «Ve sola. Mantén tu ruta diaria habitual. Ahí es cuando atacará. Si rompes la rutina, sabremos que te ha secuestrado. La policía estará vigilando cada segundo».
Dayana asintió con los ojos fijos. «Entendido».
El plan era dejar que la capturaran y la llevaran al escondite de Patricia, lo que daría al equipo de Ricky y a la policía la oportunidad perfecta para acercarse y atraparla como a una rata en una jaula.
—Espera. Tengo algo para ti. —Ricky subió las escaleras y entró en su estudio. Cuando regresó, llevaba una pequeña daga, bellamente elaborada, con la hoja decorada con delicados grabados.
Se la entregó a Dayana. —Es fácil de esconder. Llévala contigo. Si las cosas se tuercen, esto podría ser tu salida.
—De acuerdo.
A Emma se le llenaron los ojos de lágrimas mientras la preocupación se agitaba en su interior. Dejar que Dayana asumiera este peligro le provocaba un nudo en el estómago.
La culpa la golpeó con fuerza: Dayana ya había perdido a su hijo por su culpa. Y ahora, se estaba metiendo de lleno en otra amenaza. El peso era insoportable.
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