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Capítulo 1504:
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Sin nada más que discutir, Michael se levantó y salió de la habitación.
A su paso, los sollozos ahogados de Bianca llenaron el silencio opresivo.
«Basta de lágrimas», murmuró Ayden, con rudeza que ocultaba su preocupación. «Esto no es insuperable».
Una disculpa: un pequeño precio a pagar, y uno que estarían encantados de ofrecer.
El bienestar de su hijo eclipsaba todas las demás preocupaciones de su mundo.
Después de recomponerse, Bianca se retiró al baño para borrar las huellas de sus lágrimas. A media tarde, llegaron al hospital con la determinación grabada en sus rostros.
Dayana seguía inconsciente, descansando plácidamente sobre las sábanas blancas, y su quietud no sugería nada más preocupante que un sueño profundo.
Las acusaciones de Michael resonaban en la mente de Bianca, desatando una abrumadora ola de remordimiento que casi le quitaba el aliento.
Con pasos vacilantes, se acercó a la cama y se sentó en la silla, acunando con cuidado la mano flácida de Dayana entre las suyas.
La habitación estaba inquietantemente vacía de personal médico, solo dos guardias de seguridad con rostro impasible mantenían la vigilancia fuera de la puerta.
Un profundo suspiro escapó de sus labios antes de levantarse, ahora decidida. Salió del baño con una palangana de agua, mojando metódicamente una toalla suave y escurriéndola con manos expertas. Con ternura maternal, le lavó la cara a Dayana, le acarició el delicado contorno del cuello y le limpió los brazos.
Incapaz de presenciar ese momento tan íntimo, Ayden salió de la habitación y, inmediatamente, buscó a tientas sus cigarrillos, buscando refugio en el estéril pasillo.
La pérdida de su nieto, junto con el estado comatoso de Dayana, pesaba mucho sobre sus hombros. ¿Qué cruel destino se había abatido sobre su familia para causar un daño tan devastador?
La inquebrantable convicción de Michael había dejado una cosa muy clara: su hijo lucharía hasta su último aliento por Dayana.
Las ambiciones profesionales habían consumido la juventud de Ayden, retrasando la paternidad hasta años más tarde. Este momento había convertido a Michael en algo irreemplazable y precioso: su único heredero, su única oportunidad de dejar un legado. Se habían dedicado a asegurarle solo las mejores oportunidades.
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Naturalmente, su elección de pareja tenía una importancia monumental para ellos. Ayden nunca había imaginado que tal dolor acompañaría lo que debería haber sido un hito feliz.
Michael había tomado la decisión de quedarse con Dayana con una firmeza inequívoca. Luchar en esta batalla solo garantizaría la destrucción mutua. La aceptación, por muy renuente que fuera, parecía el único camino viable para seguir adelante.
Irónicamente, esta unión les reportaría prestigio, dada la conexión de Dayana con alguien tan influyente como Ricky. Seguir resistiéndose solo les acarrearía una poderosa enemistad que no podían permitirse.
Ayden luchó contra su orgullo, obligándose a aceptar a la mujer que se había ganado la inquebrantable devoción de su hijo.
Aplastó el cigarrillo con el talón antes de volver a la habitación. La palangana y la toalla habían desaparecido, sustituidas por un vaso de agua tibia que Bianca había conseguido de algún sitio. Con precisión maternal, mojó un bastoncillo de algodón en el líquido y humedeció con cuidado los labios agrietados de Dayana con suaves caricias.
«¿Pretendes seguir siendo su cuidadora?», preguntó él, con una voz inusualmente apagada en la silenciosa habitación.
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