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Capítulo 1289:
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«¿Dayana está tan mal?», preguntó Emma con voz suave.
Ricky se levantó y la abrazó con delicadeza. «Sí. No pinta bien».
Sin un trasplante de médula ósea, a Dayana le quedaban menos de seis meses de vida.
Su deterioro había sido más rápido de lo que nadie esperaba, acelerado por la puñalada que recibió al proteger a Michael. Había destrozado su ya frágil sistema inmunológico.
Michael se culpaba a sí mismo. Si no se hubiera abalanzado sobre Travis enfurecido y hubiera terminado…
Peleando con sus hombres, Dayana no habría quedado atrapada en el fuego cruzado. Si hubiera continuado con su tratamiento sin sufrir ninguna lesión, si hubiera podido descansar y evitar cualquier trauma, su estado se habría mantenido estable.
Era culpa suya. Había perdido el control.
No había sabido cuidarla bien.
Ahora estaba sentado, encorvado, con la cabeza gacha, con aspecto de estar completamente derrotado, como un globo al que le han sacado todo el aire.
Padgett le dio una palmada firme en el hombro. —Recupérate. Al menos no te derrumbes delante de mi hermana.
Michael levantó lentamente la cabeza, con los ojos pesados. —Cuando se recupere… quiero llevarla a la playa.
Miró a Padgett como si esperara su permiso. —¿Es eso lo que ella quería?
Michael asintió. —Sí.
—Pues hazlo.
El estado de ánimo de Ricky se ensombreció aún más.
Salió del hospital con Emma, la dejó en su casa, luego ignoró sus responsabilidades en la empresa y sacó su teléfono. Llamó a Travis.
En ese momento, Travis acababa de llevar a Elsa de vuelta a su apartamento.
Ella no le hablaba, seguía enfadada, seguía ignorándolo por completo.
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Cuando vio el nombre de Ricky en la pantalla, ya sabía de qué se trataría la llamada.
Descolgó. Antes de que pudiera decir una palabra, la voz de Ricky lo interrumpió.
—Las autoridades están a punto de cerrar tu casino.
Travis apretó la mandíbula. —¿Piensa vengerse de mí, señor Jenner?
—No tiene a nadie más a quien culpar que a usted mismo.
—Haga lo que quiera —respondió Travis con tono seco.
Su mente no estaba en el casino. Ya no. Lo único que oía era la voz de Elsa resonando en su cabeza. —¡Papá, eres lo peor! ¡Eres una persona horrible!».
Nunca había fingido ser bueno. El casino era ilegal. Si no lo cerraban ahora, lo harían más adelante.
Pero, incluso sin él, todavía tenía sus bares y salas recreativas. No se arruinaría.
«Si aceptas salvar a Dayana y cerrar el casino por tu cuenta, te facilitará las cosas», dijo Ricky con franqueza.
Si Travis no lo hacía, una vez que las autoridades intervinieran, se enfrentaría a multas elevadas y a la cárcel. Aunque no le importara su propio futuro, debería preocuparse por el de Elsa.
Ningún niño quiere crecer con un padre entre rejas.
Ricky le dio a Travis espacio para que tomara su propia decisión.
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