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Capítulo 1284:
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«¿Sabes cuál es tu grupo sanguíneo?».
La pregunta pilló a Elsa desprevenida.
Se rascó la cabeza, con los ojos muy abiertos por la confusión, pareciendo completamente perdida.
««¿No sabes cuál es tu tipo de sangre?», preguntó Michael.
Elsa debería tener el mismo tipo de sangre que Travis.
Dayana se dio la vuelta, sorprendida. «¿Qué intentas hacer?».
Michael frunció el ceño. «¿Tú qué crees?». Intentaba salvarla.
Si Elsa resultaba ser compatible, Dayana tendría una oportunidad.
«Los procedimientos médicos han avanzado mucho. Ya no es necesario extraer líquido de la médula ósea, sino que se puede extraer sangre. Es indoloro para el donante».
Dayana entendió lo que Michael quería decir, pero le recordó: «Sigue siendo una niña. Aunque sea compatible, sus padres tienen que dar su consentimiento». Esa era la norma.
Sin consentimiento legal, ningún hospital se ocuparía del caso.
Un pesado silencio y una gran decepción se apoderaron de Michael, y la impotencia empañó su expresión. ¿Era realmente tan difícil salvar a Dayana?
El aire de la habitación se volvió denso por la tensión.
Elsa miró a Michael, sin saber muy bien cómo reaccionar. No había entendido gran cosa, solo que de repente parecía muy alterado.
Extendió su pequeña mano y la posó sobre la de él. «Señor Davies, ¿está enfadado?».
«No».
—¿Qué significa un emparejamiento?
—No lo entenderías, aunque te lo explicara.
—Inténtalo. Tengo cinco años y mi padre dice que soy inteligente y aprendo bastante rápido.
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Michael no respondió. Lentamente, retiró la mano.
Se levantó, se acercó al sofá y acercó la silla de ruedas de Dayana.
La puerta principal se abrió con un clic que resonó en la habitación.
Ambos se volvieron hacia el sonido. Almeric entró con los brazos cargados de bolsas repletas de juguetes.
Los ojos de Elsa brillaron al verlos.
Dentro había muñecas Barbie, damas, peluches, bloques de construcción e incluso un juego de cocina.
—Sr. Davies, ¿puedo jugar con esto? —preguntó Elsa con los ojos muy abiertos y llenos de esperanza.
Michael asintió. —Son para ti.
—¡Genial!
Travis nunca le dejaba a Elsa tener juguetes como estos. Siempre le traía rompecabezas o libros, ninguno de los cuales era divertido.
Ella esparció todo sobre la mesa de centro, pasando de un juguete a otro con alegría.
Al verla, Dayana no pudo evitar sonreír. Las comisuras de sus labios se levantaron y su ánimo se aligeró.
«¿Puedo jugar a los bloques de construcción contigo?».
Elsa sonrió radiante. «¡Vale!».
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