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Capítulo 1274:
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El mismo equipo médico se movía silenciosamente por el espacio. Las criadas también estaban presentes. Y luego estaba Elsa, que lo vio y corrió hacia él con una explosión de alegría.
Él esbozó una sonrisa, se agachó y la cogió en brazos. Ella le rodeó el cuello con sus pequeños brazos como si fuera lo más natural del mundo y le dio un beso en la mejilla.
«¿No se supone que hoy tienes una boda?».
«La boda se ha cancelado», respondió él.
Elsa soltó un pequeño «oh» y luego señaló hacia la habitación de Evie. «Mamá ha dado señales de movimiento hoy».
A Travis se le cortó la respiración. «¿Qué has dicho?».
—Mamá ha dado señales de movimiento. He visto cómo se le movían los dedos.
Había ocurrido hacía unos diez minutos y ella aún no se lo había contado a nadie.
Travis disimuló su sorpresa y se volvió hacia el personal médico que estaba cerca. —¿Han oído eso?
—Sí, señor.
—Entonces vayan. Ahora mismo. Vayan a ver cómo está.
El equipo asintió rápidamente, con expresión seria, y se apresuró a entrar en la habitación.
Elsa se rió y pellizcó la mejilla de Travis con sus pequeños dedos. —¿No dijiste que mamá se despertaría cuando yo creciera? ¿Ya soy mayor?
—Sí, Elsa. Ahora eres una niña mayor.
—Quizás mamá me echaba demasiado de menos y ya no quiere dormir más.
Su inocente creencia provenía de la historia que Travis le había contado una vez: que Evie solo estaba muy cansada y dormía.
Travis luchó por controlar sus emociones, sus movimientos eran lentos y deliberados, cada paso pesado, pero siguió adelante.
Dentro de la habitación de Evie, el personal médico ya se había reunido junto a su cama. No podía ver su rostro, solo una mano que asomaba por debajo de la manta.
Los dedos se movían muy ligeramente.
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Era real…
Mientras tanto, el coche de la boda avanzaba por carreteras sinuosas, rodando hacia los tranquilos suburbios.
—¿Seguro que no quieres que te vendemos la herida o algo así? —Michael miró de reojo a Dayana.
El corte en su cuello apenas se notaba, solo había un rastro de sangre. La hemorragia había cesado hacía tiempo, dejando una pequeña costra.
Ella negó con la cabeza. —No hace falta. Estoy bien.
Lo único que quería ahora era alejarse del caos, descansar del ruido.
El aire de la montaña tenía una quietud limpia y penetrante. Una vez había visto el amanecer desde allí arriba y ahora anhelaba ver también la puesta de sol.
Michael estaba más que feliz de cumplir todos sus deseos y condujo el coche por la carretera de montaña.
Cuando llegaron a la cima, ya eran más de las cuatro.
La luz del sol era cálida en la piel, suave en lugar de intensa.
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