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Capítulo 1258:
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«No estoy loca. De hecho, ahora mismo tengo las ideas muy claras».
Dayana quería decirle que tenía las ideas más claras que nunca. El pánico y la sorpresa en sus ojos habían desaparecido, sustituidos por un rostro inexpresivo.
«¿Sabías lo de la boda?».
Dayana no lo negó. «Sí».
«Entonces, debes comprender mi intención».
«Sí, la comprendo. Pero no te dejaré hacerlo».
Michael ya no pudo contener su ira. Levantó la voz, llena de frustración, y casi gritó:
«Dayana, ¿eres estúpida?»
Había planeado cada detalle con precisión. Solo tres meses, tres meses de matrimonio falso, y ella obtendría el trasplante de médula ósea que necesitaba. Tres meses para salvarle la vida. Era un pequeño precio a pagar, y él creía que valía la pena.
Dayana se sobresaltó tanto por su repentino rugido que su cuerpo tembló ligeramente.
«Vuelve conmigo». Su voz se suavizó.
Dayana negó enérgicamente con la cabeza.
«¿De verdad quieres morir?».
Michael finalmente había encontrado una solución y el plan había ido bien. Pero ahora, Dayana se había convertido en el mayor obstáculo. Cada movimiento que había hecho, cada decisión que había planeado cuidadosamente, había sido por ella.
Su frustración aumentó mientras luchaba por entender por qué ella no le escuchaba.
«Entiendo tu intención, pero no quiero que hagas un sacrificio tan grande por mí».
Después de decir esto, Dayana se soltó de su mano y se levantó.
Caminó hacia el Beetle y Michael la siguió.
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—¿De qué sacrificio estás hablando? Lo estoy haciendo por mi propia voluntad.
—Como te he dicho, no quiero que lo hagas.
—Ahora no es el momento de que tú tengas la última palabra —dijo Michael con firmeza.
En dos pasos, alcanzó a Dayana y la agarró de la mano antes de que pudiera llegar a la puerta del coche.
«No importa si no estás de acuerdo. Te ataré y te arrastraré hasta la mesa de operaciones para que te hagan un trasplante de médula ósea».
Dayana se apoyó en la puerta del coche y lo miró con tenacidad y obstinación en los ojos.
—No puedes hacer eso. Ni siquiera el hospital puede obligarme a operarme si me niego.
—Debes de haberlo olvidado. Déjame recordarte que Ricky y yo tenemos una profunda amistad con el director del Hospital General Ecatin. Tu negativa es inútil.
Dayana se quedó sin palabras.
Estaba cansada de discutir con él, así que se dio la vuelta, abrió la puerta del coche y quiso entrar. Sin embargo, Michael extendió el brazo, la rodeó por la cintura y la sacó del coche sin apenas esfuerzo.
Cerró de un portazo la puerta del coche detrás de él.
«Michael, ¿qué estás haciendo? ¡Suéltame!»
Michael había estado reprimiendo su ira una y otra vez. Pero esta vez, ya no pudo contenerse y soltó otro rugido.
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