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Capítulo 756:
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Los demás miembros de la junta compartían sus preocupaciones.
«Mira, entendemos que tienes una relación cercana con Annabel, pero ¿por qué arriesgarías la vida de tu abuelo de esta manera?».
Con una expresión estoica, Rupert respondió: «¿Tenéis alguna idea mejor?». En el fondo, sabía que estas personas eran probablemente las que más deseaban la muerte de Bruce.
Candace dio un paso adelante y se colocó firmemente junto a Rupert. Luego se dirigió a la multitud: «Deberíais confiar en Ron y Annabel. Annabel curará a Bruce sin duda alguna. Ella dice que está segura al cien por cien. Como discípula del Dr. Finch, ¿cómo podría equivocarse? No os preocupéis».
Sus palabras sonaban reconfortantes, pero en realidad eran una sutil puñalada, un elogio falso destinado a socavar a Annabel.
Rupert miró discretamente a Candace, luego cerró los ojos, ignorando el ruido y las intenciones que se arremolinaban a su alrededor.
Irónicamente, su indiferencia solo los puso más ansiosos.
Cathy agarró la manga de Erica y le susurró: «Tía, si esa mujer cura al abuelo, yo estaré muerta cuando él despierte».
«No tengas miedo. Estamos bien preparados. Mantén la calma», le aseguró Erica, manteniendo la compostura a pesar de la tensión.
Dentro del quirófano, Annabel se puso una mascarilla, dejando al descubierto solo sus brillantes ojos oscuros.
«Desinfecta el bisturí número tres y pásamelo», le indicó a la enfermera con calma.
«Sí, doctora».
La enfermera desinfectó rápidamente el bisturí, pero al pasárselo a Annabel, frotó deliberadamente la hoja con los dedos enguantados.
Annabel se dio cuenta.
Sin embargo, aceptó el bisturí en silencio y procedió a cortar el pecho de Bruce, bajo la atenta mirada de la enfermera.
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«Continúa. Pásame el bisturí número ocho, luego el número cuatro y el número cinco».
La sangre negra brotó a borbotones, pero la expresión de Annabel no cambió mientras continuaba la operación.
Dentro del quirófano, además de Annabel y la enfermera que la asistía, Harley y un grupo de médicos de renombre observaban el procedimiento.
Cada uno de ellos sostenía un pequeño cuaderno, ansiosos por aprender, con la esperanza de presenciar un avance médico si Annabel tenía éxito.
Annabel trabajaba con meticulosa precisión.
Entonces, el monitor cardíaco pitó de repente.
Todos se quedaron paralizados ante el sonido agudo e inesperado. Al instante siguiente, las líneas del monitor se quedaron planas.
«¡Dios mío! ¡El paciente ha dejado de respirar!», gritó la enfermera asistente.
Señaló a Annabel y gritó: «¡No se puede confiar en esta mujer! ¡Ha matado al Sr. Benton!».
«¿Cómo es posible?», Harley se negaba a creer que Annabel pudiera cometer un error tan fatal. Corrió junto con los demás y comenzó a intentar reanimarlo.
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