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Capítulo 735:
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—Esperaré aquí —dijo Anika en voz baja—. Me temo que solo quiere verte a ti y a nadie más, así que no entraré contigo.
Con un profundo suspiro, Anika abrió la puerta a Annabel.
Annabel pulsó el control de la silla de ruedas y entró en la habitación. Un momento después, oyó que se cerraba la puerta detrás de ella.
Solo después de pasar el pasillo se dio cuenta de que todas las cortinas estaban corridas. La habitación estaba completamente a oscuras, iluminada únicamente por el tenue resplandor de una lámpara de noche.
Entrecerrando los ojos, Annabel distinguió una figura alta sentada en una silla de ruedas, de espaldas a ella.
—Rupert —llamó con voz temblorosa.
La ansiedad y el miedo se apoderaron de ella.
Rupert también estaba en una silla de ruedas, igual que ella.
Eso solo podía significar una cosa: sus piernas también estaban gravemente heridas.
Vio que su espalda temblaba ligeramente.
La voz de Rupert sonaba fría, pero carecía de la vitalidad que ella recordaba. —¡No te acerques!
El corazón de Annabel se encogió al percibir la desesperación en su tono. Continuó acercándose a él en su silla de ruedas.
Rupert levantó inmediatamente una mano, indicándole que se detuviera. —¡No te acerques a mí! ¡No quiero que me veas así!
Pero Annabel no se detuvo. Se acercó más, ignorando la confusión en su rostro.
Bajo la tenue luz amarillenta, pudo ver la tristeza en sus ojos.
—Rupert, ¿qué te ha pasado? Dímelo, por favor —suplicó Annabel, con la mirada fija en él.
Una fina manta cubría sus piernas, y esa imagen le provocó un dolor en el pecho. Extendió la mano, con la intención de quitarla.
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—Déjame ver tus piernas. ¿Qué te pasa?
Rupert le agarró la mano con una fuerza sorprendente, impidiéndole levantar la manta.
—Mis piernas están incapacitadas.
¿Qué?
¿Incapacitadas?
¿Rupert… había perdido el uso de sus piernas?
Annabel no podía creerlo. Se le revolvió el estómago al recordar la imagen de sus piernas destrozadas bajo el acantilado.
Se había sentido incómoda en cuanto lo vio en la silla de ruedas, pero no esperaba esto, no esperaba que él perdiera las piernas por su culpa.
«Déjame echar un vistazo». La preocupación en sus ojos era tan evidente que casi lo quebró.
Rupert negó con la cabeza, con expresión sombría. «No hace falta. El doctor Finch ya las ha examinado y no puede curarme…».
Annabel no tuvo más remedio que dejarlo pasar. No quería echar sal en sus heridas.
Después de todo, se trataba de Rupert, el empresario más famoso y exitoso de Douburgh. Todo el mundo le temía.
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