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Capítulo 712:
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Pero en el momento en que mencionó a Talia, algo oscuro brilló en sus ojos.
Esa zorra casi le había hecho perder a la mujer que amaba.
Si no hubiera vuelto antes de lo previsto para dar una sorpresa a Annabel, no habría llegado a tiempo.
Ese pensamiento le provocó un miedo agudo e involuntario.
Talia era una auténtica lunática, y él no iba a dejar que se saliera con la suya.
—Solo espero poder marcharme pronto —murmuró Annabel.
Odiaba el ambiente del hospital. Y tenía demasiadas cosas que hacer.
No quería quedarse allí más tiempo.
—¿Puedo dar de alta mañana? —preguntó, dando otro bocado al pastel.
—No, es demasiado pronto. —Una pizca de satisfacción brilló en los ojos de Rupert mientras la veía devorar los postres. Le preguntó en voz baja—: ¿Qué más quieres comer además de pastel? Puedo pedirle a Danica que te prepare lo que quieras.
Mientras hablaba, Rupert se acercó al sofá y se sentó. Fue entonces cuando Annabel se fijó en los documentos esparcidos por la mesa de centro, junto con el portátil de Rupert.
Parecía que, durante todo el tiempo que ella había estado en coma, Rupert se había quedado a su lado e incluso se había traído el trabajo.
Annabel sintió una oleada de calidez. Miró a Rupert y dijo en voz baja: «Ahora estoy bien. Puedes volver. No tienes que quedarte aquí. Puedo cuidar de mí misma».
Rupert, que había estado hojeando un documento, se detuvo de repente. Levantó la cabeza y frunció el ceño. «¿No quieres verme?», preguntó con tono frío.
Annabel negó rápidamente con la cabeza. «No es eso lo que quiero decir. Solo no quiero retrasar tu trabajo».
Al darse cuenta de que si insistía solo conseguiría que él la malinterpretara aún más, dejó el tema y se recostó en la cama. Pronto, cayó en un sueño profundo. Rupert reanudó su trabajo en silencio.
El delicioso aroma de la comida despertó a Annabel un rato después.
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Cuando abrió los ojos, vio una mesa llena de deliciosos platos delante de ella. Había sopa de ñame y costillas, un huevo frito, carne en conserva picante, un plato frío mixto y un cuenco de arroz aromático.
Todas sus comidas favoritas.
La profunda voz de Rupert llegó a sus oídos. «Estás despierta. Déjame darte de comer».
Annabel se quedó sin palabras.
Rupert estaba acostumbrado a sus reacciones, así que no le importó. Cogió una cucharada de sopa.
Como estaba muy caliente, sopló suavemente antes de llevársela a los labios. «Vamos, pruébala».
Algo en su voz magnética hizo que Annabel fuera incapaz de resistirse. Abrió la boca obedientemente.
Los labios de Rupert se curvaron con satisfacción.
Después de que Annabel bebiera unas cucharadas de sopa, Rupert dejó el cuenco y cogió el arroz.
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