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Capítulo 584:
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«Adelante». La fría voz de Rupert llegó desde el interior.
Annabel empujó la puerta y entró.
Detrás de su escritorio, Rupert estaba completamente absorto en su trabajo, tecleando mecánicamente en su teclado. Ni siquiera se molestó en levantar la vista para ver quién había entrado.
Decían que los hombres más guapos eran los que trabajaban más duro, y Annabel sintió que eso era absolutamente cierto en ese momento.
Rupert se había quitado la chaqueta del traje y la había colgado en el perchero. Los dos botones superiores de su camisa blanca estaban desabrochados, dejando al descubierto las fuertes líneas de los músculos de su pecho.
Estaba impresionantemente guapo, como una obra maestra esculpida por el mismísimo Dios.
Annabel se vio incapaz de apartar la mirada.
—¿Has visto suficiente? —Rupert levantó la cabeza de repente y le preguntó.
—Ah, no… —balbuceó Annabel, volviendo a la realidad. Se sintió un poco avergonzada.
—¿Qué? ¿No has visto suficiente? —Rupert la interrumpió antes de que pudiera terminar.
Por supuesto, Annabel sabía que él estaba tergiversando deliberadamente sus palabras. Lo miró con ira. —No te estaba mirando a ti.
—¿De verdad? No lo parecía. —Rupert se acercó a ella riendo, la atrajo hacia sí y cerró la puerta en silencio.
Annabel se sintió nerviosa por lo cerca que estaba él, y sus mejillas se sonrojaron al instante.
Lo apartó rápidamente y carraspeó, tratando de recuperar la compostura. Luego dijo fríamente: «Estoy aquí para pedir permiso».
«¿Vas a asistir a la ceremonia de inauguración?», preguntó Rupert sin emoción.
«Sí». Annabel no vio sentido en mentir.
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«Te llevaré en coche», dijo Rupert de repente.
Annabel se quedó paralizada. Esperaba que se negara. —¿Quieres decir que tú me llevarás? —preguntó atónita.
Esa mañana, cuando le pidió permiso, él la había mirado con frialdad.
¿Por qué había cambiado de opinión de repente?
Y además se ofrecía a llevarla él mismo.
Era completamente inesperado.
Al ver su confusión, una leve sonrisa se dibujó en los labios de Rupert. Se inclinó ligeramente y le susurró al oído: —¿No quieres que me porte bien? Si quieres que sea amable contigo, entonces deberías aceptar mi propuesta lo antes posible.
Su voz magnética, junto con la forma en que enfatizaba cada palabra, era insoportablemente seductora.
Annabel se sonrojó.
Su expresión tímida la hacía irresistiblemente adorable, y Rupert no pudo evitar tragar saliva.
Al segundo siguiente, bajó la cabeza y besó sus tentadores labios rojos.
La mente de Annabel se quedó completamente en blanco.
La besó sin previo aviso. Otra vez.
El sabor embriagador de sus labios encendió algo dentro de Rupert, haciéndole profundizar el beso.
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