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Capítulo 436:
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Pronto, Finley y los aldeanos regresaron con palas y otras herramientas.
Con la ayuda de las herramientas, pudieron excavar mucho más rápido.
Aproximadamente una hora después, finalmente lograron abrir un agujero en la nieve.
Una luz intensa brilló en la cueva, haciendo que Annabel se sintiera mareada.
Entrecerró los ojos y tardó un rato en adaptarse a la luz del exterior.
Cuando volvió a abrir los ojos, vio una figura alta y erguida de pie en la entrada, una figura que le resultaba muy familiar.
Era Rupert.
Aunque ya sabía que Rupert estaba fuera tratando de salvarla, ver su alta figura con sus propios ojos fue abrumador para Annabel.
«Rupert, ¿eres tú de verdad?», preguntó Annabel con voz temblorosa, con lágrimas en los ojos y los labios secos.
Al mirar a la alta y familiar figura que tenía delante, Annabel sintió como si hubieran estado separados toda la vida.
«¡Annabel, soy yo!
», dijo Rupert con una sonrisa y una voz profunda y clara.
Arqueó una ceja y miró detenidamente a la chica que tenía delante.
Solo habían pasado unos días desde la última vez que la vio, pero Annabel parecía mucho más delgada.
Después de pasar muchos días en la cueva sin luz solar, su rostro, normalmente claro, estaba más pálido que nunca.
Sus hermosos ojos estaban ligeramente enrojecidos mientras luchaba por contener las ganas de llorar. Su frágil cuerpo parecía como si el viento pudiera llevárselo en cualquier momento.
Rupert dio un paso adelante y abrazó a Annabel.
Annabel lo abrazó con fuerza. Su abrazo seguía siendo cálido y amplio, y la tranquilizaba como nada más podía hacerlo.
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Su estómago se revolvió y su corazón dio un vuelco.
Tenía docenas de cosas que quería decir, pero no sabía cómo ni por dónde empezar.
¿Cómo había acabado Rupert allí?
Había venido a salvarla, pero ¿por qué?
Estaba dispuesto a arriesgarlo todo para ayudarla. ¿Podría ser que finalmente la hubiera perdonado por la enfermedad de Bruce?
Una maraña de preguntas se agolpó en su mente hasta que finalmente consiguió hablar. «¿Esto está pasando de verdad?».
«Sí, lo está». Abrazando a Annabel con fuerza, Rupert le susurró al oído: «Por fin te he encontrado, Annabel. No te imaginas lo preocupado que estaba por ti».
Sus pálidas mejillas se sonrojaron al sentir el calor del hombre que tenía delante.
Ese calor familiar y real se extendió por todo su cuerpo.
Era realmente Rupert.
Había venido a salvarla.
Cuando estaba desesperada, había aparecido ante ella como un dios y la había salvado.
«Rupert, ¿cómo sabías que estaba aquí?». Annabel levantó las cejas y apretó los labios. «Pensé que nunca volvería a verte…».
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