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Capítulo 285:
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«Gracias», dijo Annabel con una pequeña sonrisa.
Finley se dio la vuelta, salió de la habitación y cerró la puerta.
¿Rupert fingía estar inconsciente solo para descubrir al manipulador? Finley no creía que esa fuera la única razón. Sospechaba que Rupert también quería ver cuánto se preocupaba Annabel por él.
Annabel se sentó a la cabecera de la cama y observó en silencio al hombre que yacía allí, sintiéndose melancólica.
Estaba agotada y, finalmente, el sueño la venció. Se quedó dormida, recostada contra la cabecera de la cama.
La habitación estaba muy silenciosa, solo se oía su débil respiración.
El hombre «inconsciente» abrió lentamente los ojos.
Cuando su fría mirada se posó en la mujer dormida, su expresión se suavizó y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
Se incorporó con cuidado y cubrió el cuerpo de Annabel con una manta fina.
En sueños, ella murmuró: «Rupert, te pondrás bien».
Una sensación de calor se extendió por las venas de Rupert y sus ojos se volvieron aún más tiernos mientras se posaban en el rostro de ella.
Sus delicados rasgos parecían cansados y sus pálidos labios habían perdido su color. Los últimos días debían de haberla agotado.
Inclinándose ligeramente, Rupert le dio un suave beso en la frente y le susurró: «Todo acabará pronto».
A la mañana siguiente, los rayos del sol se colaban por la ventana de cristal y caían sobre…
La luz del sol se derramaba sobre el rostro de Annabel.
Al cabo de un rato, se despertó y parpadeó ante la luz.
Solo entonces se dio cuenta de que había una manta cubriéndola.
Recordó que se había quedado dormida por puro agotamiento la noche anterior. ¿Por qué había ahora una manta sobre ella?
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¿La había cubierto Rupert? ¿Había recuperado la conciencia?
La expectación y la emoción revoloteaban en su pecho mientras Annabel dirigía la mirada hacia la cama.
Pero Rupert seguía allí tumbado, con los ojos cerrados, inmóvil.
El ánimo de Annabel se hundió.
Los recuerdos de Rupert pasaron por su mente uno tras otro.
Él la había protegido, cuidado y arriesgado su vida para salvarla. Una tormenta de pensamientos se arremolinaba en su corazón.
«Rupert, tienes que estar bien. Despierta rápido. Si despiertas, estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por ti».
Las lágrimas brotaron de los ojos de Annabel.
«¿De verdad estás dispuesta a hacer cualquier cosa por mí? ¿Estás dispuesta a casarte conmigo?».
Una voz familiar y clara llegó a sus oídos justo cuando se ahogaba en la tristeza.
Rupert.
Era la voz de Rupert.
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